—¡No pienso dividir nada! El piso es mío… y punto —solté con firmeza, sosteniéndole la mirada a mi marido.
Laura Ramos abrió la puerta de su vivienda y, como le ocurría siempre en los últimos años, se quedó unos segundos detenida en el umbral. Frente a ella se extendía el amplio salón de techos altos, inundado por la luz que entraba a raudales por los ventanales. El parquet, colocado con esmero por sus padres con sus propias manos, aún conservaba ese brillo cálido que tanto le gustaba.
Aquel piso de tres habitaciones en pleno centro era lo único material que le quedó tras la muerte de sus padres. Sin embargo, para ella no era una simple propiedad: cada rincón guardaba ecos de risas compartidas, de cenas familiares, de conversaciones largas y abrazos llenos de afecto.
Cuando Carlos Duque le pidió matrimonio, Laura no dudó ni un instante en proponerle que se mudara con ella. Espacio había de sobra. Él aceptó enseguida, la rodeó con los brazos, la besó y celebró la idea como si fuera la mejor decisión posible. La boda fue discreta, sin lujos innecesarios. Al regresar del viaje de novios comenzaron a adaptar el piso a su nueva vida en común.
Laura trabajaba como diseñadora de interiores; Carlos estaba empleado en una empresa tecnológica. Decidieron juntos renovar la vivienda. Compraron un sofá nuevo para el salón, cambiaron las antiguas cortinas por estores modernos y transformaron por completo la cocina: muebles claros, electrodomésticos integrados, líneas limpias. Cada mejora llenaba a Laura de entusiasmo. Poco a poco, aquel lugar dejó de ser únicamente su herencia para convertirse en el hogar de ambos.

Carlos solía invitar a sus amigos. Se instalaban en la cocina, abrían cervezas y hablaban de fútbol o de videojuegos durante horas. Más de una vez Laura escuchó comentarios admirativos:
—Carlos, sí que has sabido organizarte la vida. Menudo piso y, encima, una mujer guapísima. Eres un afortunado.
Él sonreía sin contradecirlos. Laura oía esas frases, pero no se sentía ofendida. Era cierto que la casa era preciosa, y compartirla con su marido le parecía lo más natural del mundo.
Los primeros seis meses transcurrieron con tranquilidad. Laura trabajaba desde casa, casi siempre en el despacho, dibujando planos frente al ordenador. Carlos regresaba tarde, cansado pero satisfecho. Cenaban juntos, veían alguna serie y comentaban los planes para el fin de semana. La rutina fluía sin sobresaltos.
Todo empezó a cambiar cuando Teresa Campos, la madre de Carlos, comenzó a aparecer con mayor frecuencia. Vivía en otro barrio, en un antiguo apartamento de dos habitaciones que llevaba años alquilando. Antes solo los visitaba en fechas señaladas. Después de la boda, en cambio, las visitas se volvieron habituales.
Al principio llegaba con dulces.
—Laurita, he preparado un pastel. A mi Carlos le encanta el de manzana.
Laura agradecía el detalle, ponía agua para el té y la invitaba a sentarse. Teresa bebía con calma y, acto seguido, se levantaba para recorrer la casa.
—Qué bonito lo tenéis todo. La distribución es muy cómoda, entra mucha luz… Y la reforma se ve reciente, hecha con gusto.
—Gracias, Teresa Campos —respondía Laura con cortesía.
La suegra se adentraba en el dormitorio, examinaba los armarios, después se asomaba al despacho.
—¿Y esto es tu zona de trabajo?
—Sí, trabajo desde casa.
—Claro, claro… Una habitación entera solo para eso. Vaya lujo.
Su tono parecía elogioso, pero Laura percibía algo más detrás de aquellas palabras. No era envidia exactamente, sino una especie de evaluación minuciosa. Como si Teresa estuviera calculando mentalmente cómo podría aprovecharse cada metro cuadrado.
Las visitas continuaron. A veces traía repostería; otras, decía que “pasaba por aquí”. Incluso se presentaba a mediodía, cuando Carlos no estaba. Laura abría la puerta y la dejaba entrar, aunque por dentro sentía crecer una incomodidad difícil de explicar. Teresa observaba demasiado, preguntaba con excesivo interés por la superficie exacta, por la distribución, por los precios de las viviendas en la zona.
En cierta ocasión se detuvo frente a la ventana del despacho y miró hacia el patio interior.
—Las vistas son agradables. Hay silencio y bastante verde. Este sitio vale su peso en oro.
—A mis padres les encantaba este barrio —contestó Laura con serenidad.
Teresa giró la cabeza lentamente hacia ella.
—¿Tus padres, dices? O sea, que el piso era de ellos?
