—Para todo tiene la misma excusa: “Soy su madre, tengo derecho”. Pues no. No lo tiene.
—¿Que no lo tengo? —Elena Medina dejó escapar una risa breve, incrédula—. ¿Ahora vas a explicarme tú lo que me está permitido y lo que no? Lo crié sola. Me dejé la espalda en dos empleos. Le di todo lo que tenía…
—¿Y eso le concede permiso para abrir un cajón y llevarse el efectivo? —la interrumpió Lucía Castro con una frialdad cortante—. Curiosa manera de entender la gratitud.
—¡No tengo que darte explicaciones! —bramó la suegra—. ¡Es mi hijo! Si necesito algo, me ayuda.
—Ayudar es cuando se habla antes y se acuerda. No cuando se entra, se coge el dinero y luego se finge sorpresa.
Álvaro Morales miraba de una a otra como si lo hubieran acorralado.
—Mamá… ¿cogiste tú el dinero? —preguntó en voz baja.
Elena giró sobre sus talones hacia él.
—¿Tú también? ¿De verdad me estás preguntando eso? ¿Así hemos acabado, que un hijo sospecha de su madre?
—Solo contesta.
—¿Qué quieres que diga? ¿Que me subieron los gastos de la luz? ¿Que tenía que adelantarle a la vecina del pueblo lo del agua de la parcela? Pensaba pedírtelo, pero tú siempre estás con lo mismo: “luego, mamá”, “ahora no puedo”, “cuando cobre”. ¿Debía quedarme esperando con la mano extendida mientras tu mujer me mira como si la hubiera insultado?
—Entonces sí lo cogió —murmuró Lucía.
—¡No robé nada! —estalló Elena—. Tomé dinero de mi hijo. Temporalmente. Iba a devolverlo.
—¿Cuándo? ¿El día del juicio final? —Lucía dio un paso al frente—. Llevan un mes siendo “temporales” esas retiradas.
—No exageres.
—Yo no soy la que rebusca en cajones ajenos.
—¿Ajenos? ¿Desde cuándo lo de mi hijo es ajeno? ¿Lo oyes, Álvaro? Me llama extraña en tu propia casa.
—Mamá, no es eso… —balbuceó él.
—¡Claro que es eso! —Elena señaló a Lucía con el dedo—. Nunca me soportó. Lo supe el día de la boda. Sonrisa perfecta, pero en los ojos llevaba la calculadora. Todo ordenadito, todo medido. “Álvarito no te sientes ahí, Álvarito no comas eso, Álvarito no le des dinero a tu madre”. Qué bien montado lo tiene.
—Primero: no es “Álvarito”, tiene treinta y dos años. Segundo: si yo no organizara las cosas, estaríamos viviendo del aire y de promesas. Porque aquí alguien sabe cobrar, pero no sabe planificar más allá del “ya veremos”.
—Otra vez con lo mismo… —susurró Álvaro, cansado.
—Sí, otra vez. Porque esto no es una serie donde puedes saltarte los capítulos incómodos.
Lucía se dio la vuelta con brusquedad, abrió el cajón del aparador y sacó una libreta junto a un bolígrafo.
—Ya que hablamos tanto de ayuda, vamos a poner cifras sobre la mesa.
—Se te ha ido la cabeza —comentó Elena, entrecerrando los ojos.
—Al contrario. Por fin vamos a tener cuentas claras. Día cinco: tres mil euros menos. Día nueve: dos mil. Día catorce: otros cinco mil. Hoy: cinco mil más. Total: quince mil euros. Y eso sin contar la comida que desaparece cada vez que “pasas un momento”. El salmón, el café bueno, el queso que no es precisamente el más barato del supermercado. Y los productos de limpieza. ¿En tu casa se rellenan solos?
—Qué mezquina eres.
—No. Estoy agotada. Es distinto.
—¿Y qué pretendes demostrar con todo esto?
—Que no pienso seguir actuando como si nada ocurriera.
Álvaro carraspeó.
—Lucía, quizá no hace falta hacerlo así…
—¿Así cómo? ¿Con música de fondo? ¿Con una presentación en PowerPoint? “Querida Elena Medina, hemos notado que el dinero se esfuma; ¿sería tan amable de llevárselo con más discreción?”
A Álvaro se le escapó una media sonrisa involuntaria. Lucía lo fulminó con la mirada.
—No te rías. Aquí no eres espectador. Eres cómplice por omisión.
—Gracias por el título —replicó él, sombrío.
—De nada.
Elena alzó la barbilla con orgullo herido.
—Mira cómo me habla en tu propia casa.
—En nuestra casa —corrigió Lucía con firmeza.
—Me da igual la palabra. Me estás dejando que me humille.
Álvaro respiró hondo y, por fin, sostuvo la mirada de su madre.
—No debiste coger el dinero sin decir nada.
El silencio cayó de golpe. Hasta el zumbido del frigorífico pareció amortiguarse.
—¿Cómo dices? —preguntó Elena muy despacio.
—Que no estuvo bien —repitió él, más seguro—. No era correcto.
—¿Correcto? —Ella soltó una risa incrédula—. ¿Y es correcto repetir lo que te dicta tu mujer? ¿Eso sí lo es?
—No repito a nadie. Es un hecho.
—Ah, un hecho. Qué formal te has vuelto. ¿Y cuando había que pagar la universidad, quién se ocupaba de los “hechos”? ¿Cuando ibas sin abrigo en enero? ¿Cuando te metiste en aquel lío del préstamo para la moto, quién dio la cara?
—Mamá, basta.
—¡No, no basta! ¿Ahora me vas a dar lecciones de moral?
—Justamente —cortó Lucía—. Usted lleva años convencida de que todos le deben algo. Incluido su hijo.
—¡Cómo te atreves!
—Me atrevo porque estoy cansada, porque el sobre está vacío y porque mi paciencia también.
Elena agarró la bolsa que había dejado en el suelo y la dejó caer con estrépito sobre el mueble.
—No queréis mis compras, no queréis mis visitas. Perfecto. Luego no vengáis llorando cuando la vida os pase factura.
—No se preocupe —respondió Lucía con serenidad—. Nos arreglaremos. Pero antes, deje las llaves.
—¿Qué llaves?
—Las del piso. El juego con el llavero grande. Déjelo encima de la mesa.
—¿Estás loca? —exclamó Elena—. ¿Pretendes separarme de mi hijo?
—No. Pretendo cerrar mi casa.
—¡Álvaro! ¿Estás oyendo lo que me exige?
Él guardó silencio. Lucía vio cómo se le tensaba la mandíbula. Detestaba esos instantes, no por el dolor que causaban, sino porque implicaban decidir. Y elegir nunca había sido su fuerte; prefería que los conflictos se diluyeran solos, sin que él tuviera que intervenir.
—Álvaro —dijo ella con voz helada—, o tu madre deja ahora mismo las llaves sobre la mesa, o mañana cambio la cerradura. Y, de paso, cambiamos también la dinámica familiar. Tendrás mucho tiempo para cumplir con tu deber filial.
Elena lo miró desafiante.
—¿Y bien? Di algo. ¿O ya te has convertido en un simple accesorio de su tarjeta de crédito?
A Álvaro le tembló ligeramente el labio.
—Mamá, no empieces otra vez.
—¿Que no empiece? ¡Si esto lo ha montado ella!
—No es un espectáculo —respondió Lucía con firmeza—. Es una conversación que debimos tener hace tiempo.
