María Romero supo desde que abrió los ojos que la jornada sería agotadora. Lo entendió al ver a Rubén Luna ir y venir por el departamento, moviendo sillas de un lado a otro y contando los platos como si esperara a un ejército. Cada vez que su familia aparecía, lo hacía en bloque: Teresa Vázquez con su esposo Guillermo Álvarez, la tía Blanca Soto y el primo César Pérez con su mujer. Y siempre ocurría lo mismo: María dejaba de sentirse dueña de su propia casa y pasaba a ser una especie de invitada provisional a la que toleraban por mera cortesía.
—¿Y si esta vez no los invitamos? —se atrevió a sugerir ella mientras picaba verduras para la ensalada—. Podríamos celebrar los tres, algo tranquilo, más íntimo.
Rubén ni siquiera apartó la vista del periódico.
—Ay, María, cómo crees. Siempre festejamos juntos. Son familia.
“Familia”, repitió ella para sus adentros con un sabor amargo. Para él tal vez esa palabra significaba unión. Para ella, en cambio, representaba a un grupo que consideraba su refrigerador como propio, su sala como territorio común y a ella como parte del servicio.

A las dos en punto sonó el timbre. Teresa Vázquez entró primero, como de costumbre, sin esperar invitación y hablando a todo volumen. A sus cuarenta y tantos, con el cabello teñido y esa costumbre de imponerse con la voz, se dirigió directamente a la cocina.
—¡Rubén Luna, hermanito! —le plantó un beso rápido en la mejilla y, sin transición, abrió el refrigerador—. Oye, ¿y por qué está tan vacío esto? María Romero, ¿dónde dejaste el pastel? Pensé que habrías preparado algo especial.
—Está en la caja sobre la mesa —respondió María, conteniendo el fastidio mientras repartía la ensalada en platos individuales.
—¿Lo compraste? —Teresa frunció la boca—. Ay, María Romero, con tus propias manos podrías haber hecho algo casero, ¿no?
Detrás apareció Guillermo Álvarez, bajo, con entradas pronunciadas y una expresión de inconformidad permanente. Sin saludar mucho, pasó a la sala, examinó los muebles con mirada crítica y se dejó caer en un sillón.
—Oye, Rubén, ¿cuándo van a cambiar este sofá? —gritó desde ahí—. Ya está hundido, uno se sienta y se va para atrás.
La última en entrar fue la tía Blanca Soto, delgada, cerca de los sesenta, con barbilla afilada y comentarios todavía más punzantes. Siempre adoptaba el aire de quien ha sido convocada para corregir vidas ajenas.
—María Romero, hija —dijo, recorriendo la cocina con ojos escrutadores—, ese fregadero no brilla como debería. Y esas toallas se ven percudidas. Una mujer se refleja en su casa, no lo olvides.
María apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos, pero guardó silencio. Rubén se acercó por detrás y apoyó la mano en su hombro, un gesto que pretendía ser reconfortante y que, sin embargo, solo consiguió tensarla más.
—Tía Blanca, Teresa, pasen a la mesa —intervino él con tono conciliador—. María Romero se esmeró mucho, preparó un montón de cosas.
Ya sentados, comenzó lo que María llamaba en secreto “el tribunal familiar”. Teresa probó la ensalada y de inmediato torció el gesto.
—Le falta sabor. María Romero, no seas tacaña con la sal; a los hombres les gusta más sabroso. Y casi no tiene mayonesa, quedó seca.
—Y ayer mismo le comenté a Rubén Luna que a esta ensalada siempre le falta algo de sazón, que no estaría de más aprender la receta como se debe —añadió Teresa, acomodándose en la silla mientras el ambiente empezaba a cargarse aún más.
