El papel que Jorge Romero había metido bajo la puerta decía, con letra apretada y furiosa:
“De una forma u otra lo voy a conseguir. Si no es por las buenas, será en un juzgado.”
Alejandra sintió un escalofrío al terminar de leer. No era solo una amenaza lanzada al aire; conocía ese tono. Cuando Jorge se obsesionaba con algo, podía volverse terco hasta lo irracional.
A la mañana siguiente apareció Rosa Mendoza, su suegra. Como siempre, entró sin anunciarse. Tenía copia de la llave desde hacía años y jamás pidió permiso para usarla. La mamá de Alejandra intentó detenerla en el pasillo, pero la mujer avanzó hasta la sala con paso firme, como si fuera la dueña del lugar.
—Alejandra —arrancó con su voz aguda y rasposa—, de verdad no entiendes nada. La familia no se reduce al marido y la mujer. La familia somos todos. Siempre hemos vivido apoyándonos. Tienes la obligación moral de ayudar a Emiliano Figueroa. Si no lo haces, Dios te va a pedir cuentas.
Alejandra se puso de pie de golpe. La paciencia se le había agotado.
—Señora Rosa, ese dinero es mío. Me lo dejó mi abuela a mí. No a su hijo, no a Emiliano, a mí.
Rosa frunció el ceño con desprecio.
—El dinero es una prueba del cielo, y tú la estás reprobando. Te volviste igual de coda que tu padre… que en paz descanse.
Aquellas palabras le atravesaron el pecho como un filo. Por un segundo estuvo a punto de lanzarse contra ella, pero su madre se interpuso con decisión.
—¡Basta! —dijo con firmeza—. En esta casa mando yo. Hágame el favor de retirarse.
La suegra empezó a gritar sobre ingratitudes y maldiciones, agitó los brazos como si estuviera exorcizando el lugar y salió dando un portazo tan fuerte que cayó polvo del techo.
Esa noche, mientras guardaba su ropa en una maleta nueva —había decidido mudarse a un departamento rentado para no arrastrar también a su madre a ese infierno—, el celular vibró otra vez. Número desconocido.
—¿Bueno? —respondió con cautela.
—¿Alejandra Cervantes? —preguntó una voz femenina, joven y clara—. Mi nombre es Yaretzi Ayala. Usted no me conoce… Soy vecina de Emiliano.
Alejandra se tensó.
—¿Qué necesita?
—Solo quería advertirle algo. Hoy en la tarde él estaba afuera del edificio con unos amigos. Hablaban fuerte, sin cuidarse. Decía que encontraría la manera de “sacarle” el dinero. Mencionó que conocía a alguien que podía ayudarlo. Y… sonaba muy en serio.
Alejandra agradeció la llamada y colgó. Se dejó caer en el sillón. El corazón le golpeaba el pecho con violencia. Sabía bien cómo era Emiliano: perezoso para trabajar, pero siempre listo para buscar atajos. Si alguien le proponía una salida agresiva, no lo pensaría dos veces.
A la mañana siguiente acudió con un abogado recomendado por una compañera de oficina. El despacho olía a café recién hecho y a libros viejos. El hombre, de unos cuarenta y tantos, con lentes y mirada concentrada, escuchó sin interrumpirla mientras revisaba los documentos.
—La herencia es un bien exclusivamente suyo —afirmó al final—. Legalmente no pueden quitársela. Pero intentarán desgastarla. Podrían demandar alegando necesidades familiares compartidas. No tienen muchas probabilidades de ganar, pero el proceso sería pesado.
Alejandra bajó la vista.
—Estoy cansada… pero no voy a ceder.
El abogado asintió con aprobación.
—Esa es la actitud correcta. Y algo más: deje de verse como víctima. Defenderse no basta. También tiene que tomar la iniciativa.
Aquella frase se quedó resonando en su mente.
Esa noche volvió a abrir el sobre que le había dejado su abuela. Leyó en voz alta, como si fuera una oración:
“No entregues esto a quienes viven acostumbrados a depender de otros. Te lo dejo para que construyas tu propia vida.”
Entonces recordó al hombre extraño que le había llevado los claveles. Su mirada, su silencio, la sensación de que ocultaba algo importante. No había contado todo.
Al día siguiente decidió buscarlo.
Caminó por las calles antiguas del barrio donde había vivido su abuela. Las fachadas descascaradas, los balcones con plantas, el eco de pasos sobre el pavimento le despertaban recuerdos lejanos. En un pequeño patio detrás de una casona deteriorada, una anciana descansaba en una banca.
Alejandra se acercó con respeto.
—Disculpe, ¿sabe quién podría ser un hombre alto, canoso, con gabardina…? Vino a verme y dijo que conocía a mi abuela.
La mujer entrecerró los ojos, examinándola con curiosidad.
—¿Alto, pelo blanco, siempre serio? —murmuró—. ¿El Roberto Salazar?
