La compraventa se resolvió sin complicaciones. Apenas quince días después, Clara Carrasco sostenía en la palma de la mano el juego de llaves de su nueva vivienda. Entró y recorrió las estancias aún desnudas, girando sobre sí misma en el salón vacío, imaginando dónde colocaría el sofá, qué azulejos elegiría para el baño y en qué pared luciría mejor un espejo grande que ampliara la luz.
Marcos Garrido la observaba con una sonrisa tranquila, siguiéndola con el metro en la mano para medir distancias y anotar cifras en el móvil.
—Deberíamos llamar otra vez a mis padres para darles las gracias como es debido —comentó Clara, sentándose en el alféizar de la ventana—. Sin su ayuda habríamos tardado años en reunir lo necesario.
—Claro que sí. Y también tendré que avisar a mi madre —añadió Marcos mientras desbloqueaba el teléfono.
Clara frunció ligeramente el ceño.
—¿Para qué?
—Pues… porque es mi madre. Quiero compartir con ella la noticia.
Estuvo a punto de oponerse, pero se contuvo. Marcos ya estaba marcando.
—Hola, mamá. Escucha, tenemos algo que contarte… Hemos comprado un piso. Sí, en pleno centro, tres habitaciones, unos ochenta metros cuadrados… Es de obra nueva… Ajá… Está a nombre de Clara; sus padres han aportado casi todo el dinero… No, mamá, lo entiendo… simplemente lo hemos hecho así…
Clara percibía solo fragmentos de la conversación, pero le bastaron para que una inquietud conocida le oprimiera el estómago. Pilar Guerrero nunca había sido una suegra fácil. Opinaba sobre cada decisión, ofrecía consejos que nadie le pedía y, sobre todo, estaba convencida de que su hijo le debía obediencia absoluta. Clara había intentado mantener cierta distancia, aunque no siempre lo lograba.
Cuando Marcos colgó, carraspeó antes de hablar.
—Quiere venir a verlo. La he invitado el próximo fin de semana.
—Estupendo —respondió ella con sequedad, sin rastro de entusiasmo.
Los días siguientes pasaron deprisa entre pedidos de muebles y la contratación de unos obreros para pequeños retoques. En la cocina ya relucía un frigorífico nuevo y, en el salón, una mesa modesta con dos sillas hacía las veces de comedor provisional. El viernes por la noche, Marcos le recordó:
—Mañana viene mi madre. Intenta ser un poco más cordial, ¿vale? Sé que no sois uña y carne, pero sigue siendo mi madre.
—Siempre soy correcta —replicó Clara con firmeza.
El sábado, el timbre sonó temprano. Clara abrió la puerta y se quedó inmóvil. En el umbral estaba Pilar Guerrero, cargada con dos bolsas enormes y otra más apoyada a sus pies.
—Buenos días, Clarita —saludó con una sonrisa tensa—. ¿Me ayudas con esto?
Casi sin reaccionar, Clara tomó una de las bolsas y se apartó para dejarla entrar. Pilar cruzó el recibidor despacio, examinando cada rincón con mirada crítica.
—Bueno… no está mal. Yo habría distribuido el espacio de otra manera, pero en fin, puede pasar.
Marcos salió del baño secándose las manos con una toalla.
—¡Mamá! ¿Qué tal el viaje?
—Sin problema, hijo. He traído algunas cosas.
Clara dejó la bolsa en el suelo.
—¿Qué cosas exactamente?
Pilar se irguió, cruzó los brazos y clavó los ojos en ella.
—Mi hijo me ha dicho que has comprado un piso de tres habitaciones en el centro. Pues bien, en este piso voy a vivir yo.
Clara parpadeó varias veces, convencida de haber oído mal.
—Perdón… ¿cómo dice?
—Me mudaré aquí. Dentro de seis meses, Adrián Iglesias se casa. Mi vivienda actual será para él y su futura esposa. Yo necesito un sitio donde quedarme, y este es perfecto: céntrico, amplio, cómodo para mí.
El calor le subió a las mejillas a Clara. Se esforzó por no perder los nervios mientras intentaba procesar aquellas palabras. Se volvió hacia su marido, buscando una explicación inmediata.
—Marcos, ¿estás escuchando lo que está diciendo tu madre?…
