Ninguno de sus compañeros se atrevía a sostenerle la mirada. Aquellos a quienes Carmen Castro había formado años atrás parecían, de pronto, absorbidos por tareas inexistentes. Cuando cruzó el pasillo rumbo a la salida, su nombre ya no figuraba en la puerta: lo habían retirado con una rapidez casi quirúrgica.
Metió en una caja de cartón lo que quedaba de su vida allí dentro: el estetoscopio, una fotografía familiar, y aquellos zuecos viejos decorados con ositos de dibujos animados que tanto divertían a los niños. Después se dejó caer en el asiento de su Honda envejecido y lloró sin contención hasta que la garganta le ardió. No era solo el empleo lo que le habían arrebatado, sino también el único lugar que lograba amortiguar el eco de su casa vacía.
Cuando consiguió serenarse un poco, revisó su cuenta bancaria: 537 dólares. En catorce días vencía el alquiler y no tenía la menor idea de cómo reconstruir su vida desde cero.
La estación de autobuses de Indianápolis olía a gasóleo y café recalentado. Carmen pidió un billete hacia Brook Hollow, en Ohio.
—Clase turista, cuarenta y siete dólares —recitó la empleada sin levantar la vista.
Entonces reparó en el letrero de primera clase: asientos de cuero, espacio extra para las piernas, un área silenciosa tras una cortina. Precio: 247 dólares.
Era una locura. Una decisión irresponsable. Pero después de veintitrés años relegándose siempre a un segundo plano, deseó regalarse tres horas de calma.
—Primera clase —dijo al fin.
Se acomodó en el asiento 2B. El cuero estaba frío, el respaldo cedió hacia atrás y, por primera vez en todo el día, sintió que el aire llenaba de verdad sus pulmones.
Durante cuarenta y siete minutos casi logró convencerse de que aún había esperanza.
Hasta que unos gritos estallaron en la parte delantera del autobús.
Al descorrer la cortina, vio a un hombre intentando encajarse en un asiento estrecho de turista. Pese al calor, llevaba chaleco de cuero. Antiguas cicatrices de quemaduras le tensaban la piel de brazos y cuello. Con manos temblorosas forcejeaba con el cinturón de seguridad.
El conductor empezaba a perder la paciencia.
