—Dame tu tarjeta del banco. A partir de ahora, yo me encargo de decidirlo todo.
Durante unos segundos pensé que no había entendido bien.
Mi marido, Raúl Ortega, estaba plantado frente a mí, en la cocina de nuestra casa, con la mano extendida, como si esperara que le entregara las llaves del coche.
Pero no quería las llaves.
Quería mi tarjeta.

—¿Perdona? —pregunté.
Raúl soltó un suspiro cargado de impaciencia.
—La tarjeta. La que recibe tu nómina.
Dejé despacio la taza de café sobre la mesa.
Llevábamos seis años casados. En todo ese tiempo, cada uno había mantenido su propia cuenta para los gastos personales, y además teníamos una cuenta común para la hipoteca, los recibos y la compra.
Siempre nos había funcionado sin problemas.
Hasta aquella mañana.
—¿Y para qué quieres mi tarjeta?
Raúl arrastró una silla y se sentó delante de mí.
—Porque así no podemos seguir.
—¿Así cómo?
Se le escapó una risa breve, seca.
—Estás gastando demasiado dinero.
Esta vez casi fui yo quien se echó a reír.
Me llamo Paula Molina, tengo treinta y cuatro años y trabajo como directora comercial en una empresa dedicada a la distribución de material médico. Gano bien, sí, pero nunca he sido una persona derrochadora.
No coleccionaba bolsos caros ni joyas.
Mi coche tenía ocho años. Lo último realmente costoso que me había comprado para mí fue un portátil, casi dos años antes.
—Raúl, ¿de qué gastos hablas exactamente?
Sacó el móvil del bolsillo.
—Doscientos ochenta euros en una tienda de ropa el mes pasado.
—Compré un abrigo y unos zapatos para ir al trabajo.
—Ciento treinta euros en un restaurante.
—Era el cumpleaños de mi madre. Pagué la cena de los cuatro.
Frunció el ceño, como si mi respuesta confirmara algo.
—¿Lo ves? Siempre tienes una excusa preparada.
Lo miré fijamente.
Había algo raro en todo aquello.
Raúl nunca había revisado mis movimientos bancarios.
Al contrario. Apenas unos meses antes bromeaba diciendo que yo era la “ministra de Finanzas” de nuestro matrimonio, porque siempre era yo quien se acordaba de ahorrar.
—¿Y tú? —le pregunté.
—¿Yo qué?
—¿Cuánto gastaste tú el mes pasado?
Su expresión cambió por un instante.
Solo durante un segundo.
Pero lo vi.
—No estamos hablando de eso.
—Claro que sí. Si vamos a hablar de nuestras finanzas, entonces hablamos de todas.
De pronto empujó la silla hacia atrás.
—Paula, no compliques las cosas sin necesidad. Dame la tarjeta y ya está.
—No.
El silencio cayó de golpe.
Raúl me miró como si esa palabra no hubiera formado parte de las respuestas posibles.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que no.
Fue justo en ese momento cuando alguien entró en la cocina.
Mi suegra, Elvira Medina.
Ni siquiera sabía que estaba en nuestra casa.
Llevaba el bolso sujeto bajo el brazo y se quedó allí, observándonos.
