«Ahora Alba Jiménez forma parte oficialmente de nuestra familia» —dijo Montserrat Moreno en pleno brindis, anunciando que la novia debe acatar tres reglas

Una intromisión arrogante que dejó a todos helados.
Historias

Mi padre tenía ambas manos clavadas en el borde de la mesa, apretándolo con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos. Aitana Herrera miraba a mi suegra con la boca entreabierta, incapaz de disimular el espanto. Incluso algunos familiares de Montserrat Moreno bajaron la vista, avergonzados por lo que acababan de oír.

Yo me giré hacia Sergio Molina.

—¿Tú sabías algo de esto?

Él se pasó la mano por la corbata y soltó un suspiro, como si la persona que estuviera creando una escena desagradable fuera yo.

—Alba, por favor, no empieces ahora con una pelea. Mamá solo quería explicarte cómo funcionan las cosas en nuestra familia.

—No te he preguntado eso. Te he preguntado si conocías esas supuestas normas.

Sergio apartó la mirada un instante.

—Lo hablamos alguna vez —admitió en voz baja—. Pero estás exagerando. Mi madre entiende de dinero. Y si los bienes están a mi nombre, al final siguen siendo de la familia.

Lo observé sin poder creer lo que acababa de decir.

—De tu familia —lo corregí.

De pronto, muchas frases de los últimos meses encajaron como piezas de un puzle horrible. Por eso Montserrat me había preguntado tantas veces cuánto ganaba. Por eso insistía en saber exactamente cuánto dinero tenía ahorrado. Por eso se interesaba con tanta obstinación por el piso que yo había heredado de mi abuela.

Y por eso Sergio llevaba presionándome desde el compromiso para que vendiera aquella vivienda.

Siempre decía que quería una casa más grande para el futuro que íbamos a construir juntos. Cuando yo le preguntaba por qué en el contrato de compra debía figurar únicamente su nombre, él respondía que así sería más sencillo gestionar el préstamo.

Yo le había creído.

Montserrat se inclinó, metió la mano debajo de su silla y sacó una carpeta de documentos color beige.

—Para que después de la boda no tengáis que perder el tiempo con papeleos, lo he dejado todo preparado.

Colocó la carpeta delante de mí y la abrió con una calma insultante.

En la primera hoja había una orden de transferencia permanente. Mi número de cuenta, el nombre de la empresa donde trabajaba y la cantidad exacta de mi salario mensual ya estaban escritos. A partir de ese momento, mi sueldo debía ingresar directamente en la cuenta de Montserrat.

Solo faltaba mi firma.

Debajo aparecía un poder que le habría permitido manejar casi todas mis operaciones bancarias. Había también otro documento relacionado con la venta prevista de mi piso.

—Firma aquí —ordenó Montserrat, alargándome un bolígrafo dorado—. Así quedará todo resuelto antes de que mañana salgáis de luna de miel.

—¿Está hablando en serio?

Su sonrisa desapareció por completo.

—Por supuesto. Sergio ya ha dado su consentimiento.

Me volví hacia mi marido. Esta vez no desvió los ojos.

—Firma y ya está —dijo, irritado—. Todos están esperando. No hace falta que me dejes en ridículo delante de toda la familia.

Durante unos segundos pensé que no lo había entendido bien.

Su madre acababa de exigirme, frente a todos nuestros invitados, que renunciara a mis ingresos, a mis propiedades y a mi independencia. Y aun así, según él, la que lo estaba humillando era yo.

—¿Y si me niego? —pregunté.

El rostro de Montserrat se endureció.

—Entonces demostrarás que no mereces a mi hijo.

—Mamá, quizá deberíamos hablar de esto más tarde —murmuró Sergio.

No intentaba protegerme. Lo único que quería era impedir que la situación resultara todavía más incómoda para él.

—No —replicó Montserrat—. Tiene que aprender hoy cuál es su sitio en esta familia. Está claro que su propia madre no supo enseñarle cómo debe comportarse una esposa decente.

Mi madre había muerto tres años antes, después de una enfermedad muy dura.

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