Miré por la ventanilla hacia el hotel, que seguía iluminado como si adentro no acabara de derrumbarse una farsa, y asentí despacio.
—Empezamos esta misma noche.
Lo que la familia Ríos ignoraba era que yo no era Daniela Acosta Cervantes, la discreta consultora de marketing a la que creían haber humillado frente a medio mundo.
Mi nombre verdadero era Daniela Acosta Vázquez.
Yo era la única heredera y presidenta del Grupo Vázquez Guerrero: un imperio privado de tecnología e inversiones cuyas compañías financiaban sistemas, contratos y proyectos de los que dependían muchas de las operaciones comerciales de los Ríos.
A la mañana siguiente, todo cambió.
Años atrás, después de heredar la empresa de mi padre, tomé la decisión de ocultar mi fortuna. No quería que la gente se acercara a mí por mis cuentas bancarias, mis acciones o mi apellido. Quería que primero vieran a la persona y, sólo después, al dinero.
Así fue como conocí a Esteban Carrillo.
Al principio parecía amable. Atento. Casi indiferente a las jerarquías sociales que obsesionaban a los demás.
Pero su familia no tardó en quitarse la máscara.
Desde el primer día, Verónica Montes me trató como si yo valiera menos. Cada comentario suyo llevaba escondido el mismo mensaje: yo no pertenecía a su mundo. Esteban presenciaba cada desplante, cada burla disfrazada de cortesía, y con el paso del tiempo dejó incluso de intentar defenderme.
Mientras tanto, los negocios de la familia Ríos se estaban viniendo abajo en silencio, aplastados por deudas cada vez más pesadas. Desde las áreas financieras del Grupo Vázquez Guerrero, yo podía ver con absoluta claridad que su supuesto imperio seguía respirando gracias a inversiones que, al final del camino, estaban vinculadas con mis propias compañías.
Guardé mi identidad en secreto porque necesitaba saber si Esteban me amaba por lo que yo era, no por lo que podía ofrecerle.
La gala de aniversario me dio la respuesta.
A la mañana siguiente del evento, el Grupo Vázquez Guerrero hizo valer sus derechos. Se ejecutaron los contratos de deuda, los paquetes de refinanciamiento quedaron congelados y los procesos de adquisición se pusieron en marcha.
En cuestión de horas, el pánico estalló dentro de Ríos Holdings.
Para el mediodía, Verónica Montes y Esteban Carrillo ya estaban buscando respuestas con desesperación.
