«Tu papel aquí es servirnos» dijo Álvaro al abofetearla; ella no contestó

Indignante silencio: la casa respiraba injusticias.
Historias

Los agentes lo redujeron de inmediato, le torcieron los brazos contra la espalda y lo empujaron contra la pared antes de cerrarle las esposas en las muñecas.

Daniela soltó un chillido histérico.

—¡No pueden llevárselo así como así! ¡Esta casa es suya!

Por primera vez en toda la noche, Silvia la miró con una sonrisa tan tenue que apenas se notaba.

—No, Daniela. Esta casa nunca le perteneció.

Ignacio sacó otro documento de su carpeta y lo colocó sobre la mesa.

La escritura de propiedad estaba a nombre de Silvia.

Había comprado aquella vivienda tres años antes de empezar su relación con Álvaro, utilizando el dinero obtenido de una inversión que había hecho junto a su padre.

Doña Mónica arrebató los papeles de las manos del abogado.

—¡Esto es falso! ¡Mi hijo paga todo lo de esta casa!

—Su hijo ni siquiera abona el IBI —respondió Ignacio con absoluta calma—. Y desde este mismo momento, la propietaria revoca el permiso que ustedes tenían para permanecer en este domicilio.

Daniela se quedó paralizada.

—¿Nos estás echando?

—Tienen quince minutos para recoger ropa y objetos personales cuya propiedad puedan demostrar.

Los guardias de seguridad de la urbanización acompañaron a madre e hija al piso superior.

En ese instante, el móvil de Álvaro, que seguía abandonado sobre la mesa, empezó a vibrar una y otra vez sin descanso.

Llamadas del consejo de administración.

Del departamento jurídico.

De un auditor externo.

Y de un número que Álvaro conocía demasiado bien.

El del director general en persona.

Silvia bajó la vista hacia la pantalla, pero no tocó el teléfono.

Ignacio se acercó a ella y le habló en voz baja.

—Los auditores ya localizaron las transferencias. Mañana tendrá que comparecer.

Silvia asintió despacio.

—Lo suponía.

—Hay algo más —añadió Ignacio—. La compra de acciones quedó cerrada esta tarde.

Ella lo observó en silencio.

—¿Qué porcentaje?

—Cincuenta y tres por ciento.

Por primera vez aquella noche, Silvia sonrió de verdad.

Álvaro todavía no lo sabía.

Pero acababan de detenerlo por golpear a la mujer que, desde esa misma tarde, controlaba la empresa en la que él se había creído intocable.

Y aun así, eso no era ni de lejos lo peor que iba a descubrir a la mañana siguiente.

III

A las seis de la mañana, Álvaro salió de las dependencias de la fiscalía.

Llevaba la camisa arrugada, el rostro pálido y la mandíbula rígida de rabia contenida.

Contra él se había dictado una orden de protección que le prohibía acercarse a Silvia.

No había dormido ni un minuto.

Su abogado ya le había dejado claro que la bofetada grabada, los informes médicos anteriores y su intento de atacarla con una silla convertían cualquier defensa en un terreno casi imposible. A eso se sumaba que las autoridades habían recibido información sobre posibles delitos patrimoniales vinculados con la empresa donde trabajaba.

En la cabeza de Álvaro solo quedaba una idea.

Conservar su puesto.

Mientras siguiera siendo director financiero, podría pagar abogados mejores, ayudar a su madre y a su hermana y, tal vez, encontrar alguna forma de negociar con Silvia.

Tomó un taxi hacia Valencia.

Cuando atravesó la entrada del edificio corporativo, nadie lo saludó.

Los empleados que antes se ponían de pie apenas lo veían pasar, ahora apartaban la mirada. Dos asistentes cuchichearon entre ellas junto a la recepción.

En el mostrador solo le entregaron una tarjeta provisional de acceso, porque sus permisos para subir a la planta directiva habían sido bloqueados.

—Lo están esperando en la sala de juntas.

Álvaro sintió un nudo en el estómago al entrar.

El director general, dos abogados de la compañía y el responsable de auditoría interna ya estaban sentados alrededor de la mesa.

—Álvaro —empezó el director general—, anoche recibimos pruebas de una agresión cometida por usted. Pero ese no es el único motivo por el que lo hemos citado hoy.

Uno de los auditores proyectó en la pared una serie de transferencias.

Pagos a una clínica estética.

Billetes de avión.

Bolsos de diseñador.

La cuota mensual del coche de Daniela.

Todo había sido cargado a cuentas operativas de la empresa y registrado como gastos de representación.

Álvaro sintió que le faltaba el aire.

—Puedo explicarlo.

—Entonces aproveche para explicar también las facturas alteradas —intervino uno de los abogados corporativos—. Y las firmas digitalizadas que fueron utilizadas sin autorización.

Álvaro fijó los ojos en la pantalla.

En ese momento comprendió que no había salida.

Los documentos que Silvia había arrojado a la olla solo habían sido copias.

Los originales digitales llevaban semanas almacenados en los servidores de auditoría.

—Yo… pensaba devolver el dinero.

—Ha desviado más de doscientos mil euros en dieciocho meses.

Álvaro se puso de pie de golpe.

—¡Mi familia dependía de mí!

El director general lo miró con un desprecio helado.

—Eso no convierte el patrimonio de la empresa en su cuenta personal.

Álvaro cayó de rodillas junto a la mesa.

—Por favor. No me despidan. Denme tiempo. Firmaré lo que haga falta. Venderé todo lo que tenga que vender.

Nadie contestó.

La puerta se abrió.

El sonido de unos tacones resonó en la sala.

Álvaro giró la cabeza.

Silvia entró.

Vestía un traje pantalón color marfil, llevaba el cabello recogido con severidad y sostenía una carpeta en la mano.

No había intentado cubrir con maquillaje el hematoma de su mejilla.

Se sentó en la cabecera de la mesa.

Álvaro parpadeó varias veces, incapaz de entender lo que veía.

—¿Qué haces tú aquí?

El director general se levantó.

—La señora Silvia Ortega representa al nuevo grupo accionarial mayoritario.

Álvaro soltó una risa nerviosa.

—Eso es imposible.

Silvia abrió su carpeta.

—Durante los últimos tres años he ido adquiriendo, a través de una sociedad de inversión, participaciones de distintos socios minoritarios. Ayer se cerró la operación que nos otorga el cincuenta y tres por ciento de la compañía.

Álvaro la miró como si tuviera delante a una desconocida.

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

—Porque jamás te interesaste por mi trabajo. Para ti, yo solo era la mujer que debía volver a casa y prepararte la cena.

El silencio que cayó sobre la sala resultó insoportable.

Entonces Silvia continuó con voz serena:

Vivencia