Los agentes reaccionaron de inmediato. Antes de que Sergio pudiera descargar la silla o siquiera acomodar el cuerpo para avanzar, lo empujaron contra la pared y le inmovilizaron los brazos a la espalda. El clic metálico de las esposas sonó en medio del comedor como una sentencia.
Nicole Soto soltó un grito agudo.
—¡No pueden llevárselo así nada más! ¡Esta es su casa!
Por primera vez en toda la noche, Alejandra Contreras la miró con una sonrisa apenas visible, una de esas sonrisas que no nacen de la burla, sino del cansancio que por fin encuentra una salida.
—No, Nicole. Esta casa jamás fue de él.
Enrique Cortés sacó otro documento de su carpeta y lo colocó sobre la mesa con una calma impecable.
La escritura de la propiedad estaba a nombre de Alejandra.
Ella había comprado aquella residencia tres años antes de empezar su relación con Sergio, usando el dinero de una inversión que había hecho junto con su padre. No había hipoteca a nombre de él. No había aportaciones suyas. No había nada que lo vinculara legalmente con esa casa, salvo la costumbre de haber entrado en ella como si todo le perteneciera.
Dolores Cervantes, fuera de sí, le arrebató los papeles al abogado.
—¡Esto es una falsificación! ¡Mi hijo paga todo aquí!
Enrique ni siquiera levantó la voz.
—Su hijo no paga ni el predial, señora. Y, desde este momento, la propietaria revoca cualquier permiso que usted tenga para seguir dentro de este domicilio.
Nicole se quedó petrificada.
—¿Nos estás corriendo?
Alejandra no apartó la mirada.
—Tienen quince minutos para recoger ropa y objetos personales que puedan demostrar que son suyos.
Los guardias de seguridad del residencial escoltaron a Dolores y a Nicole hacia la planta alta. Ya no iban altivas. Subieron con el rostro duro, pero con pasos inseguros, como si de pronto el piso bajo sus pies se hubiera vuelto ajeno.
En ese instante, el celular de Sergio, que seguía olvidado sobre la mesa, empezó a vibrar sin parar.
Primero entraron llamadas del consejo directivo.
Luego, del departamento jurídico.
Después, de un auditor externo.
Y finalmente apareció en la pantalla un número que Sergio habría reconocido aun dormido.
El director general en persona.
Alejandra observó el teléfono, pero no lo tocó.
Enrique se acercó a ella y habló en voz baja.
—Los auditores encontraron las transferencias. Mañana lo van a citar formalmente.
Ella asintió con serenidad.
—Lo imaginaba.
—Hay algo más —agregó Enrique—. La compra de acciones se cerró esta tarde.
Alejandra lo miró en silencio.
—¿Qué porcentaje?
—Cincuenta y tres.
Por primera vez esa noche, Alejandra sonrió de verdad.
Sergio todavía no lo sabía.
Pero acababa de ser detenido por golpear a la mujer que, desde esa misma tarde, tenía el control de la empresa donde él se había creído intocable durante años.
Y aun así, eso estaba muy lejos de ser lo peor que iba a descubrir a la mañana siguiente.
A las seis de la mañana, Sergio Salazar salió de las instalaciones de la Fiscalía.
Traía la camisa arrugada, el rostro desencajado y la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse. En su contra ya pesaba una orden de protección que le prohibía acercarse a Alejandra Contreras.
No había dormido ni un minuto.
Su abogado le había explicado, con una frialdad que lo desesperó, que la grabación de la bofetada, los reportes médicos anteriores y el intento de atacarla con una silla dejaban cualquier estrategia de defensa en una posición casi imposible.
Y había otro problema.
Las autoridades también habían recibido información sobre posibles delitos patrimoniales relacionados con la empresa donde trabajaba.
Pero Sergio solo podía pensar en una cosa:
conservar su puesto.
Mientras siguiera siendo director financiero, aún podía pagar mejores abogados, auxiliar a su madre y a su hermana, y quizá encontrar alguna forma de negociar con Alejandra. Si perdía el cargo, lo perdía todo.
Tomó un taxi rumbo a Ciudad de México, hacia el corporativo.
Cuando cruzó la entrada del edificio, nadie lo saludó.
Empleados que antes se levantaban casi por reflejo cuando él pasaba por los pasillos ahora bajaban la vista o fingían revisar el celular. Dos asistentes cuchichearon junto a una impresora y se callaron apenas lo vieron acercarse.
En recepción no le entregaron su gafete habitual. Le dieron una tarjeta temporal.
—Su acceso al piso ejecutivo está suspendido —le informó la recepcionista sin mirarlo demasiado—. Lo esperan en la sala de juntas.
Sergio sintió un nudo helado en el estómago.
Subió con las manos sudorosas y, al entrar, encontró al director general sentado a la cabecera. A su lado estaban dos abogados de la compañía y el jefe de auditoría interna. Nadie le ofreció café. Nadie le pidió que se sentara con cordialidad.
—Sergio —empezó el director general—, anoche recibimos pruebas de una agresión física cometida por usted. Pero ese no es el único motivo por el que estamos reunidos esta mañana.
Uno de los auditores conectó una presentación y proyectó en la pared una lista de transferencias.
Pagos a una clínica estética.
Boletos de avión.
Bolsas de diseñador.
La mensualidad del automóvil de Nicole Soto.
Todo había salido de cuentas operativas de la empresa y había sido registrado como gastos de representación.
A Sergio se le cerró la garganta.
—Puedo explicarlo.
—Entonces explique también las facturas alteradas —intervino uno de los abogados corporativos—. Y las firmas digitalizadas que fueron usadas sin autorización.
Sergio se quedó mirando la pantalla.
En ese instante entendió que no había escapatoria.
Los documentos que Alejandra había arrojado a la olla no eran los originales. Solo eran copias. Los archivos verdaderos llevaban semanas guardados en los servidores del área de auditoría.
—Yo… iba a devolver el dinero.
El jefe de auditoría abrió otra carpeta.
—En dieciocho meses desvió más de cuatro millones de pesos.
Sergio se puso de pie de golpe.
—¡Mi familia dependía de mí!
El director general lo miró con un desprecio que ni siquiera intentó disimular.
—Eso no convierte los recursos de la empresa en su patrimonio personal.
Sergio dio un paso atrás. Luego otro. Finalmente se dejó caer de rodillas junto a la mesa.
—Por favor. No me despidan. Denme tiempo. Firmo lo que sea. Vendo lo que tenga que vender. Les pago todo, pero no me saquen de la empresa.
Nadie contestó.
El silencio fue peor que cualquier insulto.
Entonces la puerta se abrió.
El sonido de unos tacones resonó en la sala de juntas.
Sergio giró la cabeza.
Alejandra Contreras entró.
Vestía un traje sastre color marfil, llevaba el cabello recogido con severidad y sostenía una carpeta delgada entre las manos. No había intentado cubrir con maquillaje el moretón de su mejilla; al contrario, lo llevaba visible, como una prueba silenciosa que no necesitaba explicación.
Caminó hasta la cabecera de la mesa y tomó asiento.
Sergio parpadeó varias veces, confundido, como si la escena no pudiera pertenecer a la realidad.
—¿Qué haces aquí?
El director general se levantó.
—La señora Alejandra Contreras representa al nuevo grupo de accionistas mayoritarios.
Sergio soltó una risa nerviosa, rota.
—Eso es imposible.
Alejandra abrió su carpeta con movimientos tranquilos.
—Durante los últimos tres años adquirí, a través de una sociedad de inversión, participaciones de varios accionistas minoritarios. Ayer se cerró la operación que nos deja con el cincuenta y tres por ciento de la compañía.
Sergio la observó como si estuviera frente a una desconocida.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
Alejandra sostuvo su mirada.
—Porque nunca me preguntaste por mi trabajo. Para ti yo solo era la mujer que debía llegar a la casa y cocinar para ti.
La sala quedó hundida en un silencio pesado.
Alejandra continuó con voz firme:
