«¿Cómo que tu departamento no entra en la repartición? Yo ya contaba con mi parte desde que nos casamos…» protestó él, reclamando el departamento que ella había heredado antes de conocerlo

Una herida injusta, cobarde y extrañamente liberadora.
Historias

Eran un disparate. Solicitaba que el juzgado le reconociera derecho sobre la mitad del departamento con el argumento de que, durante el matrimonio, él había realizado “mejoras inseparables” que, según decía, habían elevado de manera considerable el valor del inmueble. Después vino el inventario de aquellas supuestas mejoras: la famosa repisa del baño, el cambio de la llave de la cocina, la pared pintada en la sala e incluso el hecho de que “pagaba periódicamente los servicios”, lo cual —según su abogado— ayudaba a conservar la propiedad.

Cuando terminó la lectura, la jueza, una mujer mayor con el rostro cansado y la mirada severa, levantó los ojos hacia Gabriela Luna.

—¿Cuál es su postura?

Gabriela se puso de pie. No habló de amor, ni de heridas, ni de traiciones. Habló como sabía hacerlo: con precisión, con documentos, con hechos.

—Su señoría —empezó, con una voz serena, firme—. La demanda de mi exesposo carece por completo de sustento legal. El departamento es un bien que adquirí antes del matrimonio, tal como consta en la escritura y en el registro correspondiente.

Colocó el primer documento sobre la mesa.

—Respecto a las llamadas “mejoras inseparables”, aquí están las pruebas —añadió, dejando más papeles frente a la jueza—. Este es el ticket de la repisa del baño. Costó alrededor de ciento cincuenta pesos. Esta otra es la factura del plomero que tuve que contratar después de que mi exmarido intentó “arreglar” la llave de la cocina y terminó inundando a los vecinos de abajo. El daño ascendió a unos nueve mil pesos, cantidad que yo cubrí con mi propio salario. Y aquí están las fotografías de la pared de la sala que él asegura haber pintado: manchas, brochazos disparejos y salpicaduras en el piso de madera. Después de eso tuve que pagar una cuadrilla para reparar la habitación completa.

Uno tras otro, los comprobantes fueron apareciendo sobre la mesa.

—En cuanto al pago de los servicios… —Gabriela esbozó una sonrisa apenas perceptible—. Aquí está el historial de mi cuenta bancaria de los últimos diez años. Como puede observarse, el noventa por ciento de los recibos salió de mis ingresos. Y aquí está el estado de cuenta de mi exesposo. En ese mismo periodo, como se ve con claridad, él “invirtió” con gran entusiasmo en cañas de pescar carísimas, viajes de pesca y aparatos electrónicos.

Gabriela terminó de hablar. En la sala cayó un silencio pesado. El abogado de Fernando Navarro miró a su cliente con una irritación que ya no intentaba disimular. Fernando se quedó pálido. Su magnífico plan de reparto “justo” acababa de desmoronarse frente a todos.

—Por todo lo anterior —concluyó Gabriela, dirigiéndose a la jueza—, no solo considero improcedente que mi exesposo reclame cualquier porcentaje de mi departamento. También podría sostenerse que, durante años, él contrajo conmigo una deuda material considerable al vivir a costa de mis ingresos. Sin embargo, a diferencia de él, no pienso pasarle factura al pasado. Lo único que solicito es que este juzgado aplique la ley.

La jueza no tardó más de cinco minutos en dictar resolución. La demanda de Fernando fue desechada en su totalidad.

Al salir al pasillo, él la alcanzó con pasos rápidos.

—Tú… —masculló entre dientes—. Me arruinaste. Me humillaste delante de todos.

—No, Fernando —respondió Gabriela, mirándolo por última vez. No había rabia en sus ojos, tampoco odio. Solo una compasión fría, distante—. Tú solo te destruiste. Lo hiciste el día en que decidiste que mi amor y mi casa eran mercancía, algo que se podía calcular y repartir.

Gabriela dio media vuelta y avanzó por el largo corredor del juzgado, donde sus pasos resonaban contra las paredes. No volvió la cabeza. Sabía que, al frente, la esperaba una vida nueva y libre. Una vida en su propio hogar, recuperado del pasado. Y en esa vida ya no habría espacio, nunca más, para quienes se acercaran esperando cobrar una parte.

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