«O sea, preparo comida para veinte personas y aun así no puedo sentarme a la mesa» dijo Natalia, inmóvil en la cocina tras ser excluida de la lista de invitados

Una exclusión cruel e increíblemente injusta.
Historias

— Mamá dice que será mejor que te quedes en casa. Este año la celebración será solo para la familia.

Daniel Sanz ni siquiera apartó la vista del móvil al decirlo. Natalia Espinosa se quedó inmóvil en mitad de la cocina, con el paño húmedo entre los dedos. Era veintisiete de diciembre, faltaban tres días para Nochevieja, y acababan de borrarla de la lista de invitados. Otra vez.

— ¿Cómo que me quede?

— Pues eso. No vas a caber, ¿no? El piso de mamá no es infinito —respondió, alzando por fin la mirada, sorprendido como si ella hubiera formulado una tontería—. Eso sí, quiere que cocines. Aquí está la lista.

Le tendió una hoja cubierta por la letra redondeada de Pilar Aguado. Natalia la sostuvo con la punta de los dedos, como si quemara.

Aspic de carne. Tres ensaladas distintas. Pescado al horno. Empanadas de carne y de manzana. Bandejas de embutidos selectos. Y al final, una nota añadida: «Y preséntalo todo bonito, Natalia, que habrá invitados».

Invitados. Para ellos sí había sitio. Para ella, no.

— O sea, preparo comida para veinte personas y aun así no puedo sentarme a la mesa.

No era una pregunta; lo dijo en voz alta, probando el sabor amargo de la frase.

— Claro. Ya sabes cómo son, es su ambiente. Te sentirías fuera de lugar.

Doce años de matrimonio. Doce años encargándose de cada fiesta familiar, cumpleaños y santos. Apenas tres veces la dejaron ocupar una silla. El resto: recalentar, servir, retirar platos, fregar.

— De acuerdo —contestó Natalia.

Daniel asintió y volvió a sumergirse en la pantalla.

El día veintinueve estaba frente al mostrador de carnes del supermercado, calculando el precio del morcillo para el aspic. Medio sueldo mensual se le iba allí mismo, el dinero que había reservado para comprarse un abrigo de invierno. Aun así, lo puso en el carrito. Después añadió salmón, aguacates, piña para las ensaladas. A Pilar Aguado le gustaba que todo pareciera “como es debido”.

En casa, Natalia hervía, picaba y mezclaba sin pensar. Sus manos trabajaban mecánicamente, como si tuvieran memoria propia. El treinta se levantó antes del amanecer y continuó.

A las seis de la mañana volvió a ponerse en pie y siguió cocinando como si el cuerpo funcionara solo. En algún instante se sorprendió pensando que ya ni siquiera estaba enfadada. No había rabia, ni lágrimas: únicamente la sensación de estar cumpliendo una tarea más.

A mediodía apareció su hermana Paula Vázquez. Al ver la mesa cubierta de recipientes alineados, dejó escapar un silbido.

—¿Qué es todo esto? ¿Piensas inaugurar un restaurante?

—Es para la familia de Daniel Sanz. Para la cena de Nochevieja.

—¿Y tú?

—Aquí. Sola. No me invitaron, pero sí encargaron el menú.

Paula tomó asiento en un taburete y guardó silencio largo rato.

—Hay algo que llevo años queriendo contarte —dijo al fin—. ¿Recuerdas vuestra boda? Escuché por casualidad a Pilar Aguado hablando con una amiga, junto a los baños. Dijo: “Daniel ha encontrado a una chica simple. En fin, al menos sabe cocinar. Para la cocina nos servirá”.

Natalia se quedó inmóvil. El cuchillo suspendido sobre la tabla.

—¿Y has esperado doce años para decírmelo?

—Pensé que no era asunto mío. Perdóname —murmuró Paula, frotándose el puente de la nariz—. Pero ahora veo todo esto y me duele. ¿De verdad vas a entregarles la comida y pasar la noche sola?

—Sí. Eso haré.

La puerta se cerró de golpe cuando Paula se marchó.

A las siete sonó el teléfono. La voz de Pilar Aguado rezumaba dulzura empalagosa.

—Natalia, querida, se me ocurrió algo: ¿podrías añadir también gambas? Y un poco de caviar rojo. Es Nochevieja, vendrán invitados importantes. Daniel ya te lo compensará más adelante.

Más adelante. Algún día. En doce años, Daniel Sanz jamás le había devuelto ni un euro de lo que ella gastaba en aquellas celebraciones familiares.

—De acuerdo, Pilar Aguado. Me ocuparé de todo.

Colgó. Permaneció sentada en el sofá, mirando un punto fijo durante varios minutos. Después se levantó, se puso la chaqueta y salió a la calle. En la farmacia de la esquina compró dos frascos de un laxante potente, incoloro e insípido.

Al regresar, destapó el primer recipiente de aspic. Dejó caer unas gotas en el caldo y removió con calma antes de cerrar. Repitió el gesto con el siguiente: el arenque con remolacha y mayonesa. Más gotas en la salsa. Luego la ensaladilla, la mimosa, el aliño para el pescado. Las manos se movían firmes y precisas.

Sus movimientos no temblaban. Por dentro, en cambio, no quedaba nada: solo un vacío helado, sereno.

Cuando terminó, el reloj marcaba las once. Natalia Espinosa arrojó los frascos al cubo de basura, anudó la bolsa con cuidado y la bajó hasta el contenedor de la calle.

Daniel Sanz apareció cerca de la una de la madrugada, ebrio. Se dejó caer sobre la cama sin siquiera preguntarle cómo estaba. Natalia se acostó a su lado y durmió profundamente, sin un solo sueño.

A la mañana siguiente, treinta y uno de diciembre, él ya estaba apresurado desde el umbral.

—Venga, date prisa. ¿Dónde está todo? Mi madre quiere que lo llevemos antes del mediodía, van a empezar a preparar la mesa.

Agarró las bolsas, las metió en el coche, cerró el maletero de un golpe y, antes de subir, gritó:

—¡Me voy! Arréglatelas tú sola.

Ni una felicitación.

Natalia alzó la mano en un gesto leve mientras el vehículo desaparecía al doblar la esquina.

Regresó al piso, se preparó un café y encendió el televisor. Pasó el día entero en el sofá. El silencio era espeso, pero extrañamente reconfortante. Paula Vázquez llamó tres veces para invitarla, insistente, a celebrar juntas, pero Natalia declinó. Necesitaba estar sola.

A medianoche brindó con una copa de espumoso frente a la pantalla, donde el presidente felicitaba al país. Después se sentó junto a la ventana a contemplar los fuegos artificiales. Las explosiones iluminaban el cielo sobre la ciudad, brillantes y fugaces.

A las dos de la madrugada el teléfono vibró con furia.

—¡¿QUÉ LES HAS PUESTO A LOS PLATOS?!

Daniel gritaba tanto que ella tuvo que apartar el móvil del oído.

—¿Qué ocurre?

—¡Esto es un infierno! ¡Están todos encerrados en el baño! ¡Mi madre, mi hermana, los invitados! ¡Los niños lloran, la gente vomita, nadie puede salir! ¡El marido de mi hermana se lo hizo encima en plena mesa! ¡La fiesta se acabó, todo el mundo se ha ido! ¿Qué has hecho?

Natalia dio un sorbo lento a su copa.

—Cociné exactamente lo que Pilar Aguado pidió. Casero, con dedicación. Tal vez vuestro organismo ya no tolera la comida de extraños. Tú mismo dijiste que teníais vuestro propio círculo.

—¿Lo hiciste… a propósito?

La voz se le quebró.

—Yo solo soy la cocinera, Daniel. Para la cocina, ¿recuerdas? Una simple que sirve para estar entre fogones. Eso fue lo que dijo tu madre el día de nuestra boda. Hace doce años.

El silencio se volvió denso.

—От…

—No importa adónde… Lo único que importa es que ahora tengo claro cuál es mi lugar. Y desde luego no está dentro de vuestra familia —dijo Natalia Espinosa.

Se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, los fuegos artificiales aún rasgaban el cielo oscuro con destellos intermitentes. Añadió, sin volverse:

—Ah, y feliz Año Nuevo. Ni siquiera eso fuiste capaz de decirme.

Apagó el móvil y lo dejó boca abajo sobre la mesa.

Daniel Sanz regresó en la mañana del dos de enero. Tenía el traje arrugado, la piel cetrina y los ojos hundidos.

—Mi madre está ingresada. Deshidratación. Mi hermana no quiere hablar conmigo. Los invitados se marcharon sin despedirse… —murmuró, con la vista clavada en el suelo—. Fue un desastre absoluto. Un festejo con consecuencias.

Natalia sostenía una taza de café, de pie junto a la ventana.

—Qué pena —respondió, sin emoción.

Él alzó la mirada.

—¿De verdad te parece normal todo esto?

—¿Y a ti te parecía normal mantener a tu esposa durante doce años como si fuera el servicio? ¿Excluirla de la mesa familiar? ¿Hacer que gastara sus últimos euros en agasajar a personas que la desprecian?

Daniel guardó silencio.

—¿Sabes qué es lo más irónico? Te habría perdonado. Si una sola vez te hubieras puesto de mi parte. Si alguna vez le hubieras dicho a tu madre que soy tu mujer, no tu cocinera. Pero nunca lo hiciste. Doce años callado.

—No imaginé que fuera tan importante para ti…

—Exacto. No imaginaste nada. Nunca pensaste en mí.

Natalia tomó su chaqueta del perchero y se la tendió.

—Vete. Tu madre te necesita. Y yo necesito decidir si quiero seguir casada con un hombre que solo me ve entre fogones.

Daniel cogió la prenda. Abrió la boca, como si fuera a replicar, pero desistió. Se vistió y salió sin añadir palabra.

Ella cerró la puerta y apoyó la espalda en el marco. El silencio llenó el piso, profundo, absoluto. Esta vez no pesaba. Al contrario, resultaba ligero, como si por fin se hubiera desprendido de una carga que llevaba demasiado tiempo arrastrando.

Fuera, el aire era frío y luminoso. El año acababa de comenzar. Y, por primera vez, le pertenecía únicamente a ella.

Vivencia