Y ahora que Pablo Morales había decidido dar por concluido aquel “proyecto” y saltar al siguiente, se presentaba para cobrar su indemnización. Pretendía un “paracaídas dorado” por haber sido su esposo durante diez años.
Lucía permaneció sentada en el banco quizá una hora entera. La lluvia arreciaba, pero ella apenas lo notaba. El torbellino emocional que la había sacudido al principio fue cediendo paso, poco a poco, a una claridad fría y metódica. Al fin y al cabo, era abogada. Y comprendió algo esencial: esa batalla no debía librarla en el terreno de los sentimientos, donde Pablo siempre conseguía arrastrarla a la culpa. El combate debía trasladarse a su campo: el de la ley, los hechos verificables y las pruebas incontestables.
En cuanto llegó a casa, tomó el teléfono y marcó el número del abogado que llevaba su divorcio.
—Fernando Núñez, buenos días. Soy Lucía Marín. Ha surgido un nuevo problema. Mi exmarido reclama la mitad del piso que compré antes de casarnos.
Al otro lado se hizo un breve silencio.
—¿Con qué argumento? —preguntó finalmente.
—Apela a su “conciencia” y a que él “contaba con esa parte” —respondió Lucía, y por primera vez dejó escapar una nota de ironía.
—Entiendo… —suspiró el abogado—. Prepárese, Lucía. Esto se va a ensuciar. Como no puede ganar jurídicamente, intentará desgastarla en el plano psicológico.
No se equivocaba. El asedio comenzó al día siguiente. Primero llamó el propio Pablo. Había cambiado de estrategia: ya no gritaba ni exigía. Ahora apelaba a la compasión.
—Luci, ayer me excedí. Estaba alterado. Pero tienes que comprenderme, estoy desesperado. No me queda nada. Tú, en cambio… tú vives sin preocupaciones. ¿De verdad no puedes mostrar un poco de empatía? No somos extraños.
Lucía colgó sin decir palabra. Una hora después sonó de nuevo el teléfono. Era la madre de Pablo.
—Lucía, hija, ¿cómo puedes hacer esto? —sollozaba—. ¡Pablo me lo ha contado todo! ¡Lo dejas en la calle con una maleta! No es un desconocido para ti. ¡Ha puesto el alma en ese piso! ¡Hasta instaló una estantería en el baño!
La estantería. Aquel mueble ridículo se convirtió en el emblema de sus supuestas “mejoras inseparables”.
Con calma, Lucía explicó a su exsuegra que la vivienda era un bien privativo adquirido antes del matrimonio y que había sido Pablo quien abandonó el hogar.
—Eres una mujer sin corazón —sentenció la madre antes de colgar bruscamente.
Después llegaron los ataques en redes sociales. Pablo empezó a publicar mensajes ambiguos, aunque perfectamente comprensibles para los amigos comunes. “Es terrible cuando el amor se acaba y te quedas en la calle, como si todo lo bueno hubiera sido borrado”, escribía. O bien: “Hay personas que miden las relaciones en metros cuadrados”.
No era improvisación: era una campaña deliberada. Quería erosionar la reputación de Lucía, convertirla en una figura fría y cruel, para que su “noble” petición —dividir el piso— pareciera razonable ante los demás.
Ella no respondió. Siguiendo el consejo de Fernando Núñez, guardó capturas de cada publicación, archivó cada mensaje, registró cada insinuación. Y se preparó. Sacó todas las carpetas con los documentos financieros de los diez años de matrimonio. Pasó una semana sin dormir apenas, elaborando el informe más minucioso de su vida. No era una simple hoja de cálculo: era la crónica de su matrimonio expresada en cifras.
La vista judicial quedó fijada para dos meses después. Hasta entonces vivió como en una fortaleza sitiada, resistiendo cada embate sin retroceder.
El día señalado, en la sala, Pablo Morales se sentó frente a ella junto a su abogado. Mostraba una seguridad estudiada. Su representante legal tomó la palabra y comenzó a leer en voz alta las pretensiones de la demanda.
