No se apresuró a entrar en la habitación de Camila Mata. Desde el marco de la puerta observaba en silencio, consciente de que había soledades que no se curaban con frases amables ni con sonrisas forzadas.
Lo que más le estremeció a Carmen Álvarez no fue la piel pálida de la niña ni el cabello finísimo que apenas comenzaba a cubrirle la cabeza.
Fue el vacío.
Camila estaba allí, físicamente presente, y al mismo tiempo parecía perdida en un lugar al que nadie más podía acceder. Carmen reconoció esa distancia al instante. Era la misma sensación que la había acompañado a ella cuando regresaba a casa con los brazos vacíos y el eco de lo que no fue.
Por eso decidió no invadir.
No intentó sacarle palabras ni obligarla a interactuar. Colocó una pequeña cajita musical sobre la mesita junto a la cama. Cuando la melodía empezó a sonar, Camila giró apenas el rostro. Fue un movimiento casi imperceptible, pero real. Carmen, desde el pasillo, le leía en voz baja fragmentos de historias sencillas; su tono era sereno, su presencia discreta, sin exigir nada a cambio.
Eduardo Vargas comenzó a notar algo difícil de explicar. Carmen no llenaba la casa de ruido ni de órdenes, pero de algún modo la estancia se sentía menos fría. Una noche vio a su hija sosteniendo la cajita entre los dedos, como si, por primera vez en mucho tiempo, se permitiera desear algo.
Sin discursos ni dramatismos, Eduardo llamó a Carmen a su despacho y, mirándola con cansancio sincero, murmuró:
—Gracias.
Pasaron las semanas y la confianza empezó a tejerse despacio, hilo por hilo.
Camila permitió que Carmen le cepillara el cabello nuevo, suave como pelusa. Y fue en uno de esos instantes cotidianos cuando todo cambió.
Carmen peinaba con delicadeza, cuidando no jalar, cuando la niña se tensó de pronto. Aferró con fuerza la tela de su blusa y susurró, con una voz que parecía surgir de una pesadilla:
—Duele… no me toques, mamá.
Carmen se quedó inmóvil.
No por la palabra “duele”, que habría sido comprensible, sino por aquella otra.
Mamá.
Camila casi no hablaba. Y aquello no sonó accidental, sino a memoria. A miedo antiguo.
Carmen tragó saliva, dejó el cepillo a un lado con lentitud y respondió con suavidad, conteniendo la tormenta que le sacudía el pecho:
—Está bien. Ya no seguimos por ahora.
Esa noche no logró cerrar los ojos. Eduardo le había dicho que la madre de Camila estaba muerta. Entonces, ¿por qué esa palabra llevaba una carga tan precisa? ¿Por qué la niña reaccionaba como si anticipara un regaño o un grito?
En los días siguientes, Carmen comenzó a notar patrones. Camila se sobresaltaba cuando alguien caminaba detrás de ella. Se quedaba rígida si ciertas voces subían de tono. Y, sobre todo, después de algunos medicamentos parecía empeorar en lugar de mejorar.
Las respuestas empezaron a tomar forma en un cuarto de almacenamiento.
Al abrir un viejo gabinete, Carmen encontró cajas con etiquetas deslavadas, frascos y ampolletas con nombres complicados. Varias tenían advertencias en rojo. Las fechas correspondían a años atrás. Y un nombre aparecía repetidamente en los registros:
Camila Mata.
Carmen fotografió todo con el celular y pasó la noche investigando cada sustancia, una por una, como quien busca oxígeno bajo el agua.
Lo que descubrió le heló la sangre.
Tratamientos experimentales. Efectos secundarios severos. Medicamentos restringidos o prohibidos en varios países.
Aquello no parecía un plan médico cuidadoso.
Parecía un mapa de riesgos.
Imaginó el cuerpo diminuto de Camila recibiendo dosis pensadas para otros fines, soportando consecuencias que nadie explicaba. El miedo le recorrió la espalda, pero debajo de él emergió algo más firme: una rabia limpia, protectora.
No le dijo nada a Eduardo. Aún no.
Lo veía sentarse al pie de la cama de su hija con la expresión de quien se aferra a lo único que le queda. Pero Camila estaba en peligro. Y Camila confiaba en ella.
Carmen comenzó a registrar todo: horarios exactos, cantidades administradas, reacciones físicas, cambios de ánimo. Observaba a la enfermera sin levantar sospechas. Comparaba los frascos del baño con los que había hallado en el almacén.
Lo más inquietante era la coincidencia.
Medicamentos que debían haberse suspendido hacía tiempo seguían utilizándose como si nada hubiera cambiado.
