—Nicole Valencia —dije con voz firme cuando contestó. En la mesa, el murmullo se extinguió al instante—. Perdón por la hora, sé que ya es tarde. Necesito que mañana a primera hora prepares la notificación para cancelar todos los contratos vigentes con “Brisa Media”. Todos, sin excepción: diseño, manejo de redes, campañas de temporada… absolutamente todo. El motivo será deficiencia en la comunicación y en el servicio. Sí, en las cinco sucursales. No, no es impulso. Estoy completamente segura. Esta semana buscamos otra agencia. Gracias, Nicole.
Terminé la llamada y dejé el teléfono junto a mi plato. Alcé la vista hacia Carlos Ramos.
Todavía no entendía nada. Me observaba como si de pronto hubiera empezado a hablar en otro idioma.
—Valentina… ¿qué fue eso? —preguntó, desconcertado.
Respiré hondo.
—Carlos, “Dulce Asunto” me pertenece. Es mi marca. Cinco pastelerías, treinta y dos empleados. Y tu agencia ha vivido seis años de mis contratos. Cuatro millones ochocientos mil pesos anuales. Casi la mitad de tu facturación. Lo revisé personalmente.
Pude ver cómo la información se acomodaba en su cabeza. Primero incredulidad. Luego cálculos rápidos. Después, la certeza. Y al final, miedo.
—Espera… —dejó la copa sobre la mesa; el vino tinto se derramó y manchó el mantel—. ¿“Dulce Asunto” es tuyo? ¿Nicole trabaja para ti?
—Durante seis años hiciste la publicidad de mi empresa —continué—. Y durante siete me faltaste al respeto cada vez que coincidimos. Me empujaste a una alberca, me ridiculizaste frente a socios, me ofendiste en mi propia casa.
Héctor Castillo permanecía inmóvil, serio. Carmen Mendoza miraba a Carlos con una expresión helada, como si estuviera contemplando algo desagradable que hubiera caído en su plato.
—Valentina, no mezclemos las cosas —dijo Carlos, poniéndose de pie. Le temblaban las manos; jamás lo había visto así—. Esto es negocio. Juan Aguilar es mi amigo. Yo no sabía nada. Te lo juro, no sabía.
—No sabías que la dueña era yo —respondí—. Pero sí sabías que yo era una persona. Y eso nunca te importó.
Rocío Ochoa permanecía callada, la mirada clavada en la mesa, como tantas otras veces.
Juan me observaba en silencio. No intervino. Por primera vez en ocho años, no intentó suavizar la situación ni pedirme que dejara pasar el comentario.
—Hablemos en privado —insistió Carlos, dando un paso hacia mí—. No aquí, por favor. Yo…
—No —lo interrumpí—. Me humillaste en público durante años. Hoy te contesto del mismo modo. Los contratos quedan cancelados. Es una decisión definitiva.
Volví a sentarme con tranquilidad. Tomé una tartaleta y le di un mordisco. La crema de frutos rojos estaba perfecta: vainilla sutil, el equilibrio exacto de acidez. Sentí un orgullo sereno.
Carlos quedó de pie en medio de la sala, el mantel manchado frente a él y un rostro que jamás le había visto. Finalmente se dio la vuelta y salió sin despedirse. Rocío lo siguió. La puerta principal se cerró con un golpe seco.
El silencio volvió a apoderarse del comedor. Bebí un poco de agua.
Héctor se aclaró la garganta.
—Valentina Peña —dijo con formalidad—, su modelo de franquicia es realmente interesante. Me gustaría revisarlo con calma.
Sonreí. La primera sonrisa auténtica de toda la noche.
Horas después, cuando los invitados se marcharon, Juan y yo recogíamos los platos. El sonido del agua en el fregadero llenaba la cocina.
—Sabes que ahora me va a llamar todos los días —comentó él al fin.
—Lo sé.
—¿Y qué quieres que le diga?
—La verdad. Que vino a mi casa y le faltó al respeto a la dueña.
Juan dejó un plato en el escurridor y me miró con una mezcla de culpa y sinceridad.
—Debí haberlo frenado hace años.
No respondí. Porque sí, debió hacerlo. Y no lo hizo. Eso también forma parte de esta historia.
Dos meses más tarde, Carlos perdió mis cuentas. Cuatro millones ochocientos mil pesos al año no son cualquier cosa; tuvo que despedir a tres empleados y mudarse a una oficina más pequeña. Me enteré por Juan, que aún lo visita de vez en cuando.
Según dicen, Carlos anda contando que soy rencorosa, que aproveché una situación personal para dañarlo, que mezclé lo privado con lo profesional. Que un verdadero empresario no actúa así.
Tal vez. O quizá un verdadero empresario no empuja a su clienta a una alberca ni la llama “gorda tonta” en reuniones.
Contraté otra agencia. Trabajan igual de bien. Y, curiosamente, saben ser respetuosos. Resulta que sí se puede hacer publicidad sin humillar a quien paga.
Juan sigue viendo a Carlos; no se lo prohíbo. Es su amistad. Pero a mi mesa, Carlos Ramos no ha vuelto a sentarse. Y yo estoy en paz. Por primera vez en siete años, en paz de verdad.
Aunque a veces me asalta la duda.
¿Me excedí al cancelar los contratos frente a todos? ¿O simplemente cosechó lo que sembró después de sesenta encuentros, insultos y aquella alberca?
¿Ustedes qué habrían hecho en mi lugar?
