Y no era por Blanca Hernández que seguía mirando aquellas grabaciones una y otra vez, sino por Diana Muñoz: por la curva luminosa de su sonrisa, por el modo en que sus ojos se encendían cuando la pequeña conseguía algo nuevo.
Una noche, mientras observaba en la pantalla cómo Diana hacía reír a Blanca hasta dejarla sin aliento, Alejandro Rubio sintió un vuelco que lo desarmó. Aquello ya no podía llamarse gratitud. Era atracción. Era un deseo profundo de cercanía, la necesidad urgente de escuchar su voz sin intermediarios, de rozar su mano sin el frío cristal de por medio. Amor. Había nacido justo en el lugar donde él juró que no volvería a crecer nada.
Se asustó de sí mismo.
¿Cómo podía sentir algo así tan pronto? ¿Qué clase de hombre era? ¿Estaba traicionando la memoria de Catalina Flores?
La culpa se le pegó a la piel como una sombra húmeda, impidiéndole respirar con normalidad.
Mientras luchaba contra ese torbellino interior, el destino ya preparaba el golpe.
Un jueves lluvioso de junio, todo se vino abajo. Alejandro llegó antes de lo habitual, alrededor de las cuatro de la tarde. La casa lo recibió con un silencio denso, casi incómodo. Blanca dormía, pero el ambiente estaba cargado de tensión. Buscó a Diana y la encontró en el baño, con la puerta cerrada. Desde dentro se oían sollozos ahogados.
—Diana… —llamó, golpeando suavemente—. ¿Te ocurre algo?
No obtuvo respuesta al principio. Después, el pestillo giró. Diana apareció con los ojos enrojecidos y un papel arrugado entre los dedos. Intentaba recomponerse.
—Perdón… No debería llorar durante el trabajo.
Antes de que pudiera impedirlo, Alejandro tomó el documento. Era una notificación de desalojo. Tenía siete días para abandonar el piso.
—¿Debes varios meses de alquiler?
Ella asintió, avergonzada.
—Tres. Intenté negociar… pero el propietario no quiere esperar más.
Algo se quebró dentro de Alejandro. La sola idea de que Diana terminara en un albergue, sola y vulnerable, le oprimió el pecho.
—Ven a vivir aquí —soltó sin pensarlo.
Ella lo miró, desconcertada.
—¿Cómo dices?
—Tenemos una habitación libre. Quédate. Sin pagar nada. Estás aquí todos los días… y Blanca te necesita.
Diana dio un paso atrás, como si la propuesta fuera una ofensa.
—No soy un caso de caridad.
—No se trata de caridad. Es lo más sensato.
En esa palabra —sensato— Alejandro escondió lo que no se atrevía a confesar: que no solo Blanca dependía de ella. Él también.
Diana sostuvo su mirada. En su voz apareció algo nuevo.
—¿Y tú? —preguntó en un susurro—. ¿Me necesitas?
La pregunta quedó suspendida entre ambos, pesada, palpitante. Alejandro reconoció en sus ojos la misma confusión que lo consumía a él. Sin darse cuenta, acortaron la distancia. Respiraban el mismo aire. Percibió el perfume sencillo y floral que ella llevaba, descubrió una pequeña marca en su cuello que jamás había notado. Los labios de Diana se entreabrieron apenas…
El llanto de Blanca estalló desde el dormitorio, como si el propio destino hubiera decidido interrumpirlos.
La burbuja se deshizo. Diana se apartó, sonrojada, y corrió hacia la niña. Y fue allí, en esa habitación en penumbra, donde la verdad salió a la luz.
Una diminuta luz roja parpadeaba en un rincón. Diana frunció el ceño, se acercó y tocó la base del objeto. Encontró la cámara.
El frío le recorrió la espalda. Recorrió la casa, una estancia tras otra. Halló otra en el reloj del salón. Una más en la cocina. Todas apuntando al espacio donde ella pasaba las horas con Blanca.
Cuando Alejandro entró en el cuarto, Diana sostenía uno de los dispositivos en la mano. Estaba pálida; en sus ojos ardía la furia.
—Me has estado vigilando… todo este tiempo.
No era una pregunta.
El suelo pareció desaparecer bajo los pies de Alejandro.
—Diana, yo…
—¿Qué ibas a decir? —su voz temblaba—. ¿Que fingías confiar en mí mientras me espiabas? ¿Que cada cosa que te conté ya la sabías porque investigabas mis movimientos? ¿Que nunca dejaste de sospechar?
—Necesitaba asegurarme de que Blanca…
—¡Y yo te abrí mi corazón! —explotó ella—. Creí que había algo auténtico entre nosotros… pero todo era mentira. Nunca confiaste en mí.
Arrojó la cámara sobre el sofá y fue al dormitorio a recoger sus cosas. Alejandro la siguió, suplicando, intentando explicar que era miedo, que era el trauma de haber perdido a Catalina, que era su obsesión por proteger a su hija. Pero Diana no escuchaba. Con manos temblorosas metía la ropa en la maleta, las lágrimas resbalando sin control.
El ruido despertó a Blanca. Al ver la maleta, lanzó un grito desgarrador:
—¡Mamá! ¡Mamá!
Ese alarido atravesó a Alejandro como un cuchillo. Diana se arrodilló, besó la frente de la pequeña.
—Perdóname, mi princesa —susurró.
Luego miró a Alejandro, con un dolor limpio y definitivo en la mirada.
—Me enamoré de ti… y también de tu hija. Pero no puedo quedarme con alguien que no cree en mí.
Y se fue.
La puerta se cerró con un sonido seco. Por primera vez desde la muerte de Catalina, Alejandro sintió que perdía algo vivo, algo que comenzaba a sanarlo.
Los tres días siguientes fueron un infierno. Blanca dejó de comer, casi no dormía. Lloraba y buscaba a Diana por cada rincón de la casa. Por las noches gritaba “mamá” entre sollozos, y al ver a Alejandro solo en la habitación, rompía en un llanto aún más desesperado.
Intentó contratar a otras cuidadoras. Fue un desastre. Blanca rechazó a todas. A una le gritó hasta hacerse daño al retroceder. A otra la ignoró cerrando los ojos con fuerza, como si pudiera borrarla de la realidad.
En la empresa, Alejandro era apenas una sombra. Faltaba a reuniones, firmaba documentos sin leer, cometía errores impropios de él. Sus socios lo convocaron con urgencia.
—Necesitas ayuda profesional —le dijeron—. Tú y la niña.
Pero Alejandro comprendía algo distinto: aquello no era un trastorno clínico. Era duelo. Era pérdida. Y era un amor roto por la desconfianza.
En una noche interminable, mientras revisaba antiguas grabaciones como si buscara castigarse, lo admitió por fin: no solo Blanca echaba de menos a Diana. Él también. Con una claridad dolorosa entendió que la amaba. Y que la había apartado por miedo.
Al cuarto día dejó a Blanca con su madre y salió a buscarla. Conservaba la dirección anterior. El propietario, un hombre hosco, le dijo que Diana había mencionado un refugio en la zona este de la ciudad. Alejandro recorrió cuatro albergues antes de encontrarla.
Estaba sentada en una litera, más delgada, con profundas ojeras. Sostenía una fotografía. Alejandro la reconoció de inmediato: era la imagen de Blanca que habían impreso y colocado en la nevera.
El corazón se le encogió.
—Diana —pronunció su nombre como si fuera una sentencia.
Ella levantó la vista, sorprendida, y luego apartó la mirada, como si verlo le doliera físicamente.
—No deberías estar aquí.
Alejandro se arrodilló frente a ella, sin importarle el suelo sucio ni las miradas ajenas.
—Blanca no come. No duerme. Se está apagando sin ti —la voz se le quebró—. Y yo también.
Diana negó con la cabeza.
—¿Y la confianza, Alejandro? ¿Cómo se reconstruye algo así?
Él tragó saliva, como quien está a punto de confesar un crimen.
—Confío en ti —dijo sin rastro de orgullo—. Las cámaras fueron mi miedo hablando. Mi paranoia. Mi herida abierta. Pero ¿sabes qué me mostraron? Que eres la persona más generosa y dedicada que he conocido. Que mi hija te adora… y que yo… —se le cerró la garganta— estoy enamorado de ti.
Diana cerró los ojos; las lágrimas brotaron sin freno.
—No digas eso… porque yo también te amo.
Cuando volvió a mirarlo, el miedo seguía allí.
—Pero mírame, Alejandro. Soy una empleada doméstica sin estudios, sin familia… y tú eres un empresario con una vida hecha. ¿Cómo podría estar a tu altura? ¿Cómo podría reemplazar a tu esposa?
Alejandro tomó su mano con firmeza y ternura al mismo tiempo.
—No tienes que reemplazar a nadie. Catalina siempre formará parte de nuestra historia. Pero tú eres única. Y Blanca no necesita un sustituto. Necesita a Diana. A la mujer que eligió quererla como si fuera su propia hija.
