Aquello que Martina sostenía no pertenecía a ninguna categoría conocida.
Era diminuto, apenas del tamaño de una uña. Su coraza negra devolvía la claridad con un brillo aceitoso, semejante al reflejo del petróleo flotando sobre el agua. Recordaba vagamente a una garrapata, pero su silueta resultaba demasiado exacta, casi simétrica en exceso, como si hubiera sido diseñada con una precisión antinatural.
Se estremecía.
David no podía verlo, y sin embargo lo percibía con absoluta nitidez. No en el globo ocular, sino más atrás, en algún punto profundo tras la frente. Era como si un tapón emocional que lo había acompañado desde la infancia acabara de desprenderse de golpe.
Alejandro Navarro permanecía rígido, encadenado por un terror helado que no lograba disimular.
—¡Seguridad! ¡Detened a esa chica ahora mismo! —rugió al fin, con la voz quebrada por la incredulidad.
Martina ni siquiera parpadeó. Abrió la mano con serenidad.
La criatura oscura, que empezaba a resecarse bajo la luz del sol, emitió un chillido agudo, casi imperceptible, una vibración más que un sonido.
Y saltó.
No hacia Alejandro, sino directamente al suelo de mármol.
—No lo aplasten —advirtió Martina con brusquedad—. Si lo revienta aquí, liberará esporas. Estallará.
Alejandro se detuvo en seco. Los guardias, a varios metros, quedaron clavados en el sitio.
El ser se desplazó con una velocidad imposible, deslizándose hacia la sombra proyectada por el piano de cola. Huía de la claridad; buscaba la penumbra como si fuera su verdadero hábitat.
—¿Qué demonios es eso? —jadeó Alejandro.
—Un Noktürn —respondió Martina, siguiendo con la mirada el rastro oscuro que dejaba tras de sí—. Habitan en lugares donde la luz ha sido reprimida a la fuerza.
Entonces habló David. Paradójicamente, el muchacho ciego era el único que conservaba la lucidez intacta.
—No estaba solo —murmuró con voz ronca—. El otro ojo me arde. Como si dentro hubiera quedado una chispa viva.
La comprensión golpeó a Alejandro como una descarga eléctrica. Si había uno… debía de existir otro.
Martina corrió hacia el piano, se arrodilló y examinó con atención una rendija diminuta junto a la base.
—Aquí hay un nido —susurró—. Ese era solo un explorador. Y no pretendía arrebatarte la vista.
Un escalofrío profundo recorrió la espalda de Alejandro.
—Entonces… ¿qué hacía?
—Proteger aquello que te negabas a ver —contestó ella, señalando la cavidad oscura en la pared—. Y ahora ya lo saben. Si seguimos, los despertaremos a todos.
Alejandro no dudó. Bruja o no, era la única persona en aquella sala que comprendía lo que estaba ocurriendo.
—Saca el otro —ordenó con un hilo de voz.
