Desde el pasillo, María Medina sintió cómo las miradas se le escapaban. Aquellos compañeros a quienes ella misma había capacitado ahora fingían estar saturados de trabajo. Para cuando cruzó la salida, su nombre ya no estaba en la puerta: lo habían retirado como si nunca hubiera pertenecido ahí.
Metió en una caja de cartón lo que quedaba de más de dos décadas de entrega: su estetoscopio, una fotografía familiar algo doblada y aquellos zuecos viejos con ositos caricaturescos que tanto hacían reír a los niños. Después se dejó caer en el asiento de su Honda desgastado y lloró hasta que la garganta le ardió. No era solo el empleo lo que había perdido, sino el único sitio que hacía que su casa silenciosa se sintiera un poco menos vacía.
Cuando por fin logró serenarse, revisó su cuenta: apenas 537 dólares. En catorce días vencía la renta y no tenía la menor idea de cómo reconstruir su vida.
La terminal de Greyhound en Indianápolis olía a diésel y café rancio. María pidió un boleto hacia Brook Hollow, Ohio.
—Clase turista, cuarenta y siete dólares —recitó sin entusiasmo la empleada.
Entonces vio el letrero de primera clase: asientos de piel, más espacio para las piernas y un área tranquila detrás de una cortina. Precio: 247 dólares.
Era un disparate. Una imprudencia total. Pero después de veintitrés años poniéndose siempre al final de la lista, anhelaba tres horas de paz.
—Deme uno de primera —decidió.
Se acomodó en el asiento 2B. El cuero estaba frío; el respaldo cedió hacia atrás. Por primera vez en todo el día, sintió que el aire volvía a llenar sus pulmones.
Durante cuarenta y siete minutos casi se permitió creer que todo podía recomponerse.
Hasta que un alboroto estalló en la parte delantera del autobús.
Al correr la cortina, vio a un hombre intentando, con evidente angustia, encajarse en un asiento de turista. A pesar del calor, llevaba un chaleco de cuero. Viejas cicatrices de quemaduras le surcaban el brazo y el cuello, tensándole la piel. Con manos temblorosas luchaba por abrocharse el cinturón.
El chofer comenzaba a perder la paciencia.
