En esa ocasión, Víctor Luna no se quedó observando desde la puerta. Entró directo a la recámara.
Daniela Campos se quedó inmóvil al verlo, aunque no perdió la compostura. Se incorporó despacio y mantuvo las manos a la vista, sin actitud desafiante.
—Esto no debería estar pasando —dijo él con frialdad—. Está desobedeciendo indicaciones médicas.
—Lo sé —respondió ella sin titubear.
—Entonces explíqueme por qué lo hace.
Daniela miró a los niños antes de contestar.
—No frente a ellos.
Salieron al pasillo y cerraron la puerta con suavidad.
Ahí, en voz baja, ella le habló de su hermano menor, quien quedó paralizado a los ocho años después de una inflamación en la médula espinal. Le contó cómo su familia no tenía dinero para terapias especializadas y cómo un vecino mayor, fisioterapeuta retirado, le enseñó técnicas en silencio, sin diplomas en la pared ni contratos firmados. También le confesó que había visto demasiadas veces a profesionales rendirse antes de tiempo.
—Las órtesis son necesarias —admitió—, pero no cada noche. Sus músculos están listos. Se desesperan. Quieren moverse. Y tienen más fuerza de la que usted imagina.
La mandíbula de Víctor se tensó.
—Lo hizo a mis espaldas.
—Sí —contestó Daniela con serenidad—. Porque usted habría dicho que no.
Esa misma noche la despidió.
A la mañana siguiente, el personal de seguridad la acompañó hasta la salida. Iván Gutiérrez lloraba sin consuelo. Paulina Ramírez apenas probó bocado en el desayuno. Ninguno quiso mirar a su padre.
Dos días después, recibió una llamada del doctor Ernesto Gutiérrez.
—Revisé otra vez los estudios recientes —informó—. Hay avances. Son pequeños, pero auténticos. Más notorios que en los últimos meses.
Algo se movió en el pecho de Víctor, una sensación incómoda que no supo cómo nombrar.
