Se detenía a cada momento y retrocedía fragmentos de apenas unos segundos. En la tableta comparaba los movimientos de Daniela Campos con grabaciones de terapeutas certificados que tenía archivadas.
Los métodos parecían parecidos, sí, pero en ella había algo distinto: una soltura natural, casi intuitiva, lejos de cualquier rigidez mecánica. Ajustaba las posiciones sin titubear, modificando ángulos según la respiración y la tensión muscular de cada niño. Su voz, baja y serena, marcaba el ritmo de la sesión; explicaba cada paso con claridad, los animaba a intentarlo otra vez, a enfocarse, a imaginar que el control regresaba poco a poco a sus cuerpos.
A las 12:22 de la madrugada, los dedos del pie de Iván Gutiérrez se movieron.
Fue apenas un leve espasmo. Casi imperceptible.
Pero Víctor Luna lo notó.

A la mañana siguiente no encaró a Daniela Campos. En vez de eso, llamó a Ernesto Gutiérrez, el neurólogo encargado del tratamiento de los trillizos, y le pidió que revisara las grabaciones. El médico observó en silencio, con los brazos cruzados y la mirada afilada, sin perder detalle.
—Esto no es casualidad —dictaminó al final—. ¿Quién la entrenó?
Víctor no supo qué responder.
En la solicitud de empleo de Daniela Campos solo aparecían trabajos básicos de enfermería. Ningún título médico. Ninguna certificación profesional. Nada que justificara lo que él había presenciado.
Esa noche, Víctor decidió quedarse en casa. A las 23:30, Daniela Campos repitió el mismo procedimiento: pasos suaves, palabras murmuradas para infundir ánimo y la retirada cuidadosa de las órtesis, mientras la tensión en la habitación comenzaba a sentirse distinta.
