Quince años viviendo fuera del país y regresé con la ilusión de sorprender a mi hija. Sin embargo, al cruzar la puerta de la casa, la encontré arrodillada, tallando el piso con un cepillo. Tenía moretones en los brazos y, sobre el delantal manchado que llevaba puesto, podía leerse con claridad: «Sirvienta de la familia Espinoza».
Quince años. Quince años, tres meses y seis días. No los contaba por nostalgia, sino como quien lleva la contabilidad de una empresa: cada jornada era una línea en el libro mayor, un gasto invertido de mi propia existencia para garantizar una sola ganancia verdadera: el porvenir de mi hija. Cuando el avión aterrizó y las llantas rozaron la pista húmeda del aeropuerto, no sentí nervios, sino una satisfacción serena y profunda. Era la sensación de haber concluido, por fin, un proyecto agotador y complejo. Enrique Rojas, el magnate para quien trabajé, con todas sus excentricidades —sus crisis de ansiedad a las tres de la mañana y sus caprichos de conseguir orquídeas rarísimas traídas desde Ecuador para una cena improvisada— quedó atrás, en su impecable chalet a orillas del lago de Querétaro. Mi labor había terminado.
Mi obligación estaba saldada. Me quité el cinturón de seguridad y un ligero estremecimiento me recorrió el cuerpo. No era miedo; era expectativa. Durante tres lustros administré vidas ajenas: casas ajenas, cuentas bancarias ajenas, decisiones que no me pertenecían. Ahora volvía para algo mucho más simple y más grande: vivir. Vivir al lado de mi Mónica Aguilar.
El aire de la capital, comparado con la pureza helada de los Alpes, me pareció espeso, húmedo, con aroma a nieve derretida y gasolina. Un olor familiar, entrañable. No le avisé a nadie que regresaba. Quería ver su expresión sin preparación, sorprenderla. Anhelaba contemplar esa chispa de alegría infantil que ya sólo conocía a través de sus cartas breves y un tanto reservadas: «Mamita, estamos muy bien. Sergio Ríos me cuida muchísimo. Vivimos en una casa grande y preciosa, en las afueras. Te sentirías orgullosa de nosotros».
Y lo estaba. Cada carta justificaba mis desvelos, las fiestas ausentes, los cumpleaños suyos en los que mi presencia se reducía a una transferencia y a un regalo enviado por mensajería. No estuve en su graduación universitaria ni el día de su boda. A Sergio Ríos lo conocía únicamente por fotografías: alto, seguro de sí mismo, proveniente de buena familia. Los Espinoza. El apellido sonaba fuerte, distinguido. Exactamente la clase de estabilidad que yo soñaba para ella: protección, firmeza, una vida sin sobresaltos, todo lo que a mí me faltó.

El taxista, un hombre de mediana edad con ojeras marcadas, soltó un silbido cuando le di la dirección.
—¿A Chapala? —repitió, mirándome por el retrovisor—. Es un lugar de gente muy pesada…
