Treinta minutos después, la jueza regresó a la sala. El murmullo se apagó de inmediato cuando comenzó a leer la resolución con voz firme:
—Se reconoce el derecho de Renata Salazar al cincuenta por ciento de los bienes adquiridos durante el matrimonio, lo que incluye la vivienda, las cuentas bancarias y la participación en el negocio…
Mauricio Salazar se puso de pie de golpe, rojo de indignación.
—¡Eso es absurdo! ¡Voy a apelar!
—Está en su derecho —respondió la jueza sin alterar el tono—. Sin embargo, la sentencia entra en vigor desde este momento.
Seis meses más tarde, Renata estaba sentada en la cocina, en la parte de la casa que ahora le pertenecía legalmente. Tras la división patrimonial, la propiedad quedó registrada como dos departamentos independientes, cada uno con su propia entrada. Al principio le resultó extraño cruzarse con el silencio del otro lado del muro, pero terminó por acostumbrarse. Mauricio casi no aparecía; vivía con Daniela Navarro.
Con las manos cubiertas de harina, amasaba la base de un pastel cuando su celular vibró. Otro pedido del café de la esquina: necesitaban un pastel para el día siguiente. Sonrió sin poder evitarlo. Jamás imaginó que aquello que comenzó como distracción terminaría convertido en un pequeño negocio que la mantenía ocupada y entusiasmada.
El timbre sonó poco después. Al abrir, encontró a Rodrigo Salazar sosteniendo un enorme ramo de flores.
—¡Feliz cumpleaños, mamá!
—¡Rodrigo, hijo! —lo abrazó conmovida—. Gracias, mi vida.
—¿Cómo sigues? Veo que no paras de hornear —comentó, señalando sus manos enharinadas.
—Tengo pedidos hasta para dos semanas más —contestó con orgullo—. Estoy a tope.
—Eso es increíble. ¿Y mi papá? ¿Te ha dado lata?
Renata mezcló la crema con movimientos tranquilos.
—Vino la semana pasada. Me dijo que discutió con Daniela.
—¿Y luego?
—Imagínate… quiso regresar. Me soltó que habíamos cometido una tontería al separarnos y que empezáramos de nuevo.
—¿Qué le dijiste?
—Que era demasiado tarde. Apenas ahora me estoy encontrando a mí misma.
Rodrigo soltó una carcajada satisfecha y, aprovechando un descuido, tomó un pedazo de masa.
—Estoy orgulloso de ti, mamá. De verdad.
Ella miró por la ventana, donde la luz comenzaba a dorarse.
—A veces lo que parece una desgracia termina siendo un regalo —murmuró—. Solo que una tarda en entenderlo.
Por la noche llegaron los invitados: colegas de la universidad, nuevas amigas del taller de repostería, y su vecina Sandra Palacios. La sala lucía distinta; después del divorcio había renovado todo. Cambió las cortinas pesadas por telas claras, sustituyó los muebles oscuros por otros más ligeros. Mauricio siempre prefirió lo recargado; ella, en cambio, necesitaba claridad y espacio.
—¡Por la cumpleañera! —brindó Sandra—. ¡Por nuestra valiente!
—No exageren… —dijo Renata, sonrojándose.
—Claro que no —replicó Verónica Vázquez, su compañera—. Muchas mujeres soportan por miedo. Tú te atreviste a cambiar.
Cuando la última visita se despidió, Renata se dejó caer en el sofá con una taza de té caliente. El silencio era sereno, no vacío. De pronto, llamaron otra vez.
Al abrir, encontró a Mauricio con una caja de chocolates en la mano.
—Feliz cumpleaños —murmuró, sin mirarla directamente.
—Gracias —respondió ella, permaneciendo en el umbral.
—¿Podemos hablar?
—Depende. ¿De qué?
—Te extraño, Renata.
Lo observó con atención. Se veía más delgado, envejecido. Pero en sus ojos seguía brillando esa chispa calculadora que conocía tan bien.
—¿Y Daniela?
—Terminamos. No era lo que pensé.
—¿Y yo sí lo soy? —preguntó ella con una media sonrisa—. Llegas tarde, Mauricio. Tengo mi propia vida ahora.
Él frunció el ceño.
—¿Vida? ¿Hacer pasteles?
—Hornear es solo una parte —contestó con calma—. Tengo amistades nuevas, voy al coro, hago planes… y, sobre todo, estoy tranquila.
—¿Sin mí?
—Treinta y dos años viví para ti. Ahora quiero vivir para mí.
Mauricio le extendió la caja sin añadir palabra y se marchó. Renata cerró la puerta y apoyó la espalda en ella, dejando escapar el aire contenido.
—Lo logré —susurró—. De verdad lo logré.
A la mañana siguiente la despertó el teléfono. Una joven preguntaba por un pastel de bodas para treinta invitados.
—¿Podría estar listo para el sábado?
Renata sonrió antes de responder:
—Claro que sí. Estará perfecto.
Colgó y abrió la ventana. El sol de primavera inundó la habitación. Pensó en el curso de alta repostería que quería tomar, en el viaje a la playa con sus amigas, en el bebé que Rodrigo esperaba y que pronto la convertiría en abuela.
Alzó la vista al cielo despejado y sonrió.
—Quién diría que a los cincuenta y cinco apenas empieza lo mejor de la vida.
