«Ya metí la demanda de divorcio. La casa se queda conmigo, igual que el dinero» — dijo Mauricio con voz fría mientras Renata secaba los platos con las manos temblando

Qué injusto, humillante y cobarde fue su adiós
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—Esa es la actitud correcta —respondió Adriana Guerrero con firmeza—. Mañana nos vemos en el juzgado.

Al día siguiente, la sala resultó mucho más pequeña de lo que Renata había imaginado. No era el escenario solemne que veía en las películas, sino un espacio sobrio: bancas de madera, un escritorio elevado para la jueza y el escudo nacional colgado en la pared. Renata jugueteaba con la correa de su bolso para disimular el temblor de sus manos y evitaba, a toda costa, cruzar la mirada con Mauricio Estrada, sentado enfrente con aire confiado.

—Tranquila —le murmuró Adriana a su lado—. Tenemos todo bajo control.

—¿Y si inventa algo? Usted no lo conoce como yo…

La abogada esbozó una sonrisa serena.

—Créame, perfiles como el suyo los veo todos los días. Además, no vino solo: lo acompaña Leonardo Cervantes, el defensor favorito de empresarios adinerados. Pero ni siquiera él puede torcer los hechos.

En ese momento entró la jueza, una mujer de mediana edad con el rostro cansado, que tomó asiento y revisó el expediente.

—Damos inicio al procedimiento sobre la división de bienes del matrimonio Salazar —anunció con voz firme mientras hojeaba los documentos—. Parte actora.

Leonardo Cervantes se puso de pie.

—Mi representado, Mauricio Salazar, solicita que se desestimen las pretensiones de la demandada. Todos los bienes fueron adquiridos con recursos propios de mi cliente y están registrados únicamente a su nombre.

Renata apretó los puños. La indignación le subió al rostro. Recordó cada peso ahorrado, cada sacrificio, las horas extra en la universidad para “construir el futuro juntos”, como él solía decir.

—Parte demandada —indicó la jueza—, ¿cuál es su postura?

Adriana se levantó con seguridad.

—Renata Salazar rechaza categóricamente lo expuesto por la parte actora. El patrimonio se formó durante el matrimonio. Mi clienta aportó ingresos propios y trabajo directo. Contamos con pruebas documentales y testimoniales.

Mauricio soltó un resoplido y murmuró algo al oído de su abogado, quien asintió sin perder la compostura.

—¿Qué tipo de pruebas? —preguntó la jueza.

Adriana abrió una carpeta gruesa.

—Recibos firmados por el señor Mauricio Salazar donde reconoce haber recibido dinero de su esposa para la construcción de la casa. Estados de cuenta que demuestran que los materiales se pagaron con la tarjeta personal de la señora Renata. Movimientos bancarios que registran retiros importantes en efectivo durante el periodo de obra. Y, además, testigos.

—¡Eso es absurdo! —exclamó Mauricio, levantándose de golpe—. ¿Qué recibos? ¡Ni siquiera recuerdo algo así!

—Guarde silencio —ordenó la jueza con severidad—. Solo hablará cuando se le conceda la palabra.

Adriana entregó los papeles. La jueza los examinó uno por uno con detenimiento.

—Que pase el testigo: Rodrigo Salazar.

El joven entró visiblemente nervioso. Miró a su padre apenas un segundo antes de dirigir la vista al frente.

—Rodrigo, ¿puede confirmar que su madre destinó dinero propio a la construcción de la casa?

—Sí —respondió con voz firme tras tragar saliva—. Yo era niño, pero lo recuerdo. Mamá llevaba sobres con dinero a la obra. Decía que era su sueldo y que se iba directo a los materiales.

—¡Mentira! —saltó Mauricio otra vez—. ¡Solo la está defendiendo!

—Señor Salazar, una interrupción más y ordenaré que lo retiren de la sala —advirtió la jueza sin levantar la voz.

Después comparecieron otros testigos. Sandra Palacios, la vecina, relató cómo Renata solicitó un préstamo para cubrir el primer pago del terreno. Una colega de la universidad explicó que Renata daba asesorías particulares para juntar dinero “para los azulejos del baño”, según sus propias palabras de entonces.

Con cada declaración, el semblante de Mauricio se ensombrecía. Leonardo Cervantes revisaba sus documentos con creciente inquietud.

—Su señoría —añadió Adriana—, deseo incorporar un elemento adicional.

Sacó una hoja amarillenta por el tiempo.

—Se trata de un poder notarial otorgado por Renata Salazar a favor de su esposo para que administrara la empresa familiar. Y aquí —levantó otro documento— el estado de cuenta que acredita que el capital inicial del negocio provino de la cuenta de ahorros de mi clienta.

Un silencio pesado cayó sobre la sala. Mauricio palideció.

—¿De dónde obtuvo eso? —susurró entre dientes.

—Del archivo histórico del banco —contestó Adriana con tranquilidad—. La información financiera se conserva durante años.

La jueza anunció un receso para deliberar. Renata permaneció inmóvil, con la respiración contenida, incapaz de asimilar que, por primera vez en mucho tiempo, la verdad parecía abrirse paso.

—¿Cree que ganemos? —preguntó en voz baja.

Adriana le guiñó un ojo.

—Esto ya está decidido. La jueza no puede ignorar lo evidente. La ley está de nuestro lado.

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