—¿En serio? —Mauricio soltó una carcajada seca al otro lado de la línea—. ¿De qué “mitad” hablas? Tú eres una maestra jubilada, Renata. ¿Desde cuándo tienes negocios?
—Invertí dinero. Y tengo comprobantes —respondió ella, cuidando que la voz no le temblara.
—¿Comprobantes? —repitió él, ya sin risa—. No me hagas reír. Eso fueron regalos.
Renata cerró los ojos un instante. Durante años habría cedido, habría dudado. Esta vez no.
—Entonces lo discutimos ante un juez —sentenció con firmeza inesperada, y terminó la llamada antes de que él pudiera replicar.
El corazón le retumbaba en el pecho. Jamás le había hablado así. Siempre fue la que conciliaba, la que retrocedía para evitar conflictos. Treinta y dos años actuando igual. Y ahora…
—¿De verdad fui yo la que dijo eso? —murmuró, y por primera vez en días una sonrisa leve le iluminó el rostro.
Las semanas siguientes pasaron como envueltas en bruma. Se dedicó a reunir papeles, clasificar recibos, ordenar carpetas que había guardado por simple costumbre de maestra meticulosa. Visitó a la abogada, aprendió términos legales que antes le parecían ajenos. En el colegio pidió licencia: no lograba concentrarse frente al grupo.
—Rena, te ves más delgada —observó su compañera Verónica Vázquez una mañana en la sala de maestros—. Deberías comer algo.
—Después —respondió ella, sin levantar la vista de los documentos—. Tengo que dejar todo listo.
Verónica dudó antes de añadir:
—Oye… ¿y Mauricio no te ha estado molestando? ¿No te amenaza?
Renata torció el gesto.
—Por ahora solo por teléfono. Me llama para decir que “entre en razón”. Como si la desquiciada fuera yo.
Aquella noche recibió otra llamada, pero no de él, sino de su hijo.
—Mamá, me tiene harto —confesó Rodrigo Salazar con voz cansada—. Marca todos los días para que te convenza de desistir.
—¿Y tú qué le dices?
—Que es asunto de ustedes. Y se pone como loco.
Renata suspiró. Rodrigo siempre se mantuvo al margen de las tensiones entre sus padres. Tal vez fue lo más sano.
—¿Y tú cómo estás? —preguntó él.
Ella dudó un segundo.
—Aguantando. Encontré fotos viejas… ¿te acuerdas cuando construíamos la casa? Estabas chiquito.
—¡Claro! Yo cargaba ladrillos —rió—. Y él solo daba órdenes.
—Y el dinero salía de mi sueldo —añadió ella con suavidad—. Lo invertimos todo en materiales. Todavía conservo las facturas.
Hubo un silencio al otro lado.
—Él siempre dice que lo hizo todo solo…
El celular vibró: llamada entrante de Mauricio. Renata la rechazó sin pensarlo.
—Otra vez —comentó—. Ya es diario.
—Ni se te ocurra contestar.
—No lo hago. Pero vino ayer.
Se presentó sin avisar. Se plantó en la puerta con esa mirada autoritaria que durante décadas bastaba para hacerla callar. Antes funcionaba. Ahora no.
—Devuélveme los recibos —exigió apenas cruzó el umbral.
—No.
—Estás jugando con fuego, Renata.
Ella lo sostuvo la mirada.
—El que ha jugado conmigo todos estos años eres tú.
Mauricio azotó la puerta al salir con tal fuerza que un pedazo de yeso se desprendió del marco.
Como si eso no fuera suficiente, esa misma tarde apareció otra visitante. Joven, arreglada con esmero, perfume dulce y expresión desafiante.
—Soy Daniela Navarro —se presentó sin titubear—. Tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
—Sobre Mauricio. Está sufriendo. Si de todos modos se van a divorciar, ¿para qué montar este espectáculo?
Renata cruzó los brazos.
—¿Espectáculo?
—Sí, esas… exigencias absurdas. La casa, el dinero.
—Mi dinero —precisó con calma.
Daniela rodó los ojos.
—Ay, por favor, ¿cuál dinero? Mauricio es quien hacía negocios. Usted…
—¿Yo qué?
La joven vaciló apenas.
—Pues… ama de casa.
—Llevo más de treinta años dando clases en un colegio.
—¡Da igual! —replicó Daniela, impaciente—. Mauricio y yo nos amamos. Usted debería entenderlo.
Renata la observó con atención.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintisiete.
—A los veintisiete yo también creía que todo era sencillo —dijo sin ironía—. Dile a Mauricio que lo veré en el juzgado.
Cuando la muchacha se fue, la casa quedó en silencio. Renata se quedó frente al espejo del recibidor. Las arrugas finas, algunas canas imposibles de ocultar. No competía con la juventud de nadie. Y tampoco era esa la batalla.
—No peleo por recuperar años —le dijo a su reflejo—. Peleo por lo que me corresponde.
Al anochecer sonó el teléfono. Era Adriana Guerrero.
—Renata Cervantes, ya tengo lista la demanda. Mañana la presentamos.
—¿Tan pronto?
—¿Para qué esperar? Nuestra posición es sólida. Por cierto, su exmarido me llamó.
Renata se tensó.
—¿Qué quería?
—Intentó intimidarme —respondió la abogada con una risa breve—. No es el primero que lo intenta. ¿Está preparada para la audiencia?
Renata miró las carpetas apiladas sobre la mesa, los años convertidos en papel.
—No —admitió con honestidad—. Pero no tengo elección.
