«Ya metí la demanda de divorcio. La casa se queda conmigo, igual que el dinero» — dijo Mauricio con voz fría mientras Renata secaba los platos con las manos temblando

Qué injusto, humillante y cobarde fue su adiós
Historias

Presentó la solicitud de divorcio convencido de que dejaría a su esposa sin casa ni dinero… pero lo que le esperaba no era lo que imaginaba.

Renata Cervantes llevaba más de diez minutos secando los mismos platos. Los acomodaba, los volvía a tomar, los frotaba otra vez. Tenía la mente hecha un nudo y las manos le temblaban. La voz de Mauricio Estrada seguía retumbándole en la cabeza:

—Ya metí la demanda de divorcio. La casa se queda conmigo, igual que el dinero. Tú lo sabes bien: todo está a mi nombre.

Treinta y dos años juntos. Treinta y dos. Y todo reducido a una frase dicha al aire, como si comentara el clima. Ni siquiera tuvo la delicadeza de decírselo durante la cena; lo soltó mientras guardaba documentos en su portafolio.

El teléfono vibró sobre la mesa. Rodrigo Salazar.

—¿Mamá? ¿Estás bien? —preguntó con evidente inquietud.

—Sí, hijo… estoy bien —respondió ella, tragándose el nudo que le cerraba la garganta.

—Papá me llamó. ¿Es cierto?

—Sí.

—Dios… ¿cómo puedes hablar tan tranquila? ¡Quiere divorciarse de ti!

Renata dejó un plato en la repisa. Durante más de tres décadas los había colocado por tamaños, como a Mauricio le gustaba.

—¿Y qué quieres que haga, Rodrigo? ¿Que grite? ¿Que arme un escándalo?

—Dice que la casa y las cuentas son suyas.

—¿Qué? ¡Pero si todo lo hicieron entre los dos!

—Entre los dos… —repitió ella con una sonrisa amarga—. Aunque legalmente, todo aparece a su nombre.

Sonó el timbre. En la puerta estaba Sandra Palacios, la única amiga que no se había ido alejando con los años pese al carácter hermético de Mauricio.

—¡Renata! —la abrazó con fuerza—. Ya todo el mundo anda comentando. Ese marido tuyo…

—¿Cómo se enteraron? —alcanzó a preguntar.

—Rocío Delgado, la del otro edificio, lo vio con una muchacha más joven. Andaban viendo un departamento nuevo. Él dijo: “Después del divorcio nos mudamos aquí”.

Renata se apoyó en la pared. Algo dentro de ella terminó de romperse.

—Entonces… ¿tiene a alguien?

—¿No lo sabías? Ay, perdón… no quise…

Esa noche no logró pegar el ojo. Sacó cajas con fotografías antiguas. Ahí estaban el día de la boda: ella con un vestido sencillo y los ojos llenos de ilusión. Luego las primeras vacaciones frente al mar, el nacimiento de Rodrigo, los cumpleaños infantiles. En los últimos cinco años casi no había imágenes juntos: solo Mauricio en conferencias, viajes de trabajo, presentaciones.

Al amanecer notó que la caja fuerte del despacho estaba abierta. Se había llevado todos los papeles, incluso las escrituras de la casa que construyeron desde cero. Recordó cómo cargaba ladrillos, cómo escogía la pintura, cómo entregaba íntegro su sueldo de maestra para terminar la obra.

—No voy a rendirme así nada más —se dijo mirándose al espejo.

El despacho de la abogada olía a café recién hecho y el ambiente era frío.

—Soy Adriana Guerrero —se presentó la licenciada—. Cuénteme qué está pasando.

Renata habló entre pausas, como si cada palabra pesara.

—Siempre pensé que éramos una familia… nunca me fijé en los documentos…

—Le pasa a muchas mujeres —respondió Adriana con serenidad—. Pero hay algo importante: aunque los bienes estén registrados a nombre de su esposo, todo lo adquirido durante el matrimonio se divide en partes iguales.

—¿De verdad? Pero él asegura que…

—Es normal que lo diga. Casi todos lo intentan. ¿Conserva algún comprobante? ¿Recibos, transferencias, pagarés?

En casa, Renata revolvió cajones y cajas hasta el cansancio. En una caja vieja encontró facturas de los materiales para la construcción y varios documentos firmados por Mauricio cuando “le pedía prestado” dinero para su negocio. Ella había guardado todo sin saber por qué. Costumbre de maestra: archivar cada papel.

El celular volvió a sonar.

—¿Qué estás haciendo? —la voz de Mauricio era cortante—. ¿Fuiste con una abogada?

—¿Cómo sabes…?

—Eso no importa. Mira, Renata —su tono se suavizó—, no hagamos esto una guerra. Divorciémonos en paz. Te puedo dejar algo de dinero para que te mantengas un tiempo.

—¿Algo? —apretó el teléfono con fuerza—. ¿Y la mitad de la casa? ¿Y el negocio que levantamos entre los dos?

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