—Este departamento lo encontré yo solita y no pienso compartirlo con nadie —solté de golpe, sin dejar espacio para que alguien más metiera cuchara.
Diana Vargas y Rodrigo Ortiz llevaban poco más de un año viviendo juntos. El departamento, de dos recámaras, luminoso y ubicado en el séptimo piso de un edificio en una zona tranquila, no había llegado a manos de Diana por herencia ni por regalo familiar. Lo compró con su propio esfuerzo, después de años de apretarse el cinturón, ahorrar cada peso y olvidarse de vacaciones y descansos.
Diez años atrás, Diana empezó como contadora en una constructora ganando cuarenta y cinco mil pesos mensuales. Tiempo después se cambió a una empresa más grande donde le ofrecieron sesenta mil, y dos años más tarde ya percibía ochenta mil. Nunca fue de gastar en salidas, ni en viajes a la playa, ni en ropa de marca. Mientras otras personas disfrutaban fines de semana fuera, ella prefería ver crecer su cuenta bancaria.
Le tomó tres años reunir lo necesario para el enganche del crédito hipotecario. Las mensualidades las cubría con un segundo empleo los fines de semana, trabajando hasta el cansancio. El día que terminó de pagar y recibió las escrituras a su nombre, sintió una satisfacción que le llenó el pecho como nunca antes.
Desde el principio, Rodrigo admiró esa independencia. Él vivía con su madre, Margarita Medina, en un departamento viejo de una sola habitación en las orillas de la ciudad. Cuando comenzaron a salir en serio, fue evidente que aquel espacio reducido no era opción para iniciar una vida en pareja.

Así que, casi sin hablarlo demasiado, Rodrigo terminó mudándose al departamento de Diana. Todo fluyó con naturalidad. La convivencia era tranquila, sin discusiones importantes. Rodrigo trabajaba como gerente en una comercializadora y ganaba alrededor de cincuenta mil pesos. Aportaba para la despensa y los servicios, y de vez en cuando compraba algo para la casa: un sartén nuevo, juegos de sábanas, focos ahorradores. Hacía su mejor esfuerzo por ser útil.
El departamento tenía un ambiente cálido. Diana se sentía orgullosa de cada rincón. Ella misma eligió el papel tapiz de la sala y cazó ofertas para amueblarla con piezas de buena calidad. En la cocina colgaban cortinas claras que había cosido con sus propias manos, detalle que le daba un aire acogedor.
En la recámara principal destacaba un clóset amplio con puertas corredizas. La mitad de los estantes permanecía vacía porque a Diana no le gustaba saturar los espacios. Rodrigo bromeaba a veces diciendo que todavía se sentía como invitado, y ella siempre respondía con una sonrisa:
—Ay, Rodri, claro que no. Esta también es tu casa.
Él asentía y sonreía, aunque algo en esa frase nunca terminaba de sonar del todo convincente.
Se acostumbraron a las noches en calma, a desayunar juntos los domingos y a la rutina sin sobresaltos. Entre semana cada quien cumplía con su horario: Diana trabajaba de nueve a seis; Rodrigo solía salir hasta las ocho, llegaba cansado, cenaba y se iba directo a dormir. Nada extraordinario, pero a ella le bastaba.
La relación parecía sólida, aunque no estuviera llena de grandes gestos románticos. Rodrigo no aparecía con flores sin motivo ni organizaba cenas a la luz de las velas, pero Diana tampoco lo necesitaba. Para ella era suficiente tener a su lado a un hombre estable, que no bebía en exceso, no coqueteaba con otras y no armaba escándalos.
Hablaban del futuro con ilusión moderada: quizá unas vacaciones en Turquía, tal vez comprar un coche usado. No imaginaban que esa tranquilidad estaba a punto de tambalearse. O quizá, en el fondo, Diana intuía que tanta calma era frágil, pero prefería ignorar esa inquietud.
Con el tiempo, Margarita Medina empezó a llamarle a su hijo para quejarse de lo difícil que era vivir sola. Al principio eran llamadas esporádicas por la noche. Rodrigo salía al balcón y hablaba en voz baja, preocupado.
Después las llamadas se volvieron más frecuentes. Un día perdió las llaves y se quedó más de una hora en la escalera, llorando porque no podía entrar. En otra ocasión se fundió un foco y no había quien lo cambiara; le daba miedo subirse al banco por temor a caerse. A veces simplemente no tenía quién le ayudara con las compras: las bolsas pesaban demasiado y la tienda quedaba a tres paradas de autobús.
Rodrigo escuchaba todo conmovido y comenzó a pasar cada vez más seguido por el departamento de su madre después del trabajo. Diana observaba la situación sin intervenir. Entendía que Margarita estaba sola y que para ella, de verdad, no era nada sencillo arreglárselas sin ayuda… y todavía no imaginaba hasta dónde los llevaría esa realidad.
