Aquella frase, “esa mujer”, era la etiqueta favorita de Teresa Aguilar. En tres años jamás llamó a Valeria Peña por su nombre. Siempre era “esa”, “la esposa” o, peor aún, un silencio cargado de desprecio.
Valeria dio un paso al frente, con el corazón latiéndole en las sienes.
—¿Sabe qué, Teresa? Ya me cansé. Estoy harta de sus faltas de respeto, de sus chantajes y de los numeritos que arma por todo. Nos vamos a ir de vacaciones, le guste o no.
El rostro de la suegra se encendió de rojo.
—¡Sebastián! ¿Escuchaste cómo me habla? ¡A mí, que soy tu madre!
—¡Estoy diciendo la verdad! —replicó Valeria, incapaz de detenerse—. Usted controla cada movimiento que hacemos, llama diez veces al día, exige reportes de dónde estamos y con quién. Eso no es normal.
—¡Lo que no es normal es que un hijo se olvide de su madre! —estalló Teresa—. ¡Y que la esposa lo ponga en mi contra!
—Yo no pongo a nadie en contra de nadie. Lo único que quiero es vivir mi propia vida.
—¿Tu propia vida? —soltó Teresa con una risa cargada de ironía—. ¿Y el departamento donde viven? ¿De quién es? ¿Ya se te olvidó quién puso el dinero para el enganche?
Ahí estaba, la carta que siempre sacaba bajo la manga. Cuando Sebastián Estrada y Valeria compraron el departamento, Teresa les dio trescientos mil pesos para completar el anticipo. Desde entonces, no había dejado pasar una sola oportunidad para recordarlo.
—Le estamos devolviendo cada peso —respondió Valeria con firmeza—. Veinte mil pesos al mes, tal como acordamos.
—Una cosa es el dinero y otra la gratitud —atajó Teresa—. Una nuera bien educada sabría agradecer la ayuda de su suegra en vez de contestarle de esa manera.
—Una suegra bien educada no entra a la casa de sus hijos sin que la inviten —contraatacó Valeria.
—¡Es la casa de mi hijo!
—También es la mía. Estamos casados, por si lo ha olvidado.
Teresa soltó un bufido despectivo.
—Casados… ya veremos por cuánto tiempo. Sebastián —giró hacia él, que hasta entonces había permanecido en silencio—. O ella o yo. Decide.
En la cocina cayó un silencio denso, casi sepulcral. Valeria contuvo el aliento mientras miraba a su esposo. Ese era el momento que había esperado durante tres años, soportando desplantes y humillaciones con la esperanza de que algún día él pusiera un límite.
Sebastián palideció. Sus ojos iban de su madre a su esposa, atrapado entre ambas.
—Mamá, no hagas esto… no pongas ultimátums.
—¡Claro que lo hago! —replicó Teresa sin titubear—. No pienso tolerar más la insolencia de esta persona. O te divorcias o olvídate de que tienes madre.
A Valeria se le hizo un nudo en el estómago. ¿De verdad sería capaz de llegar tan lejos?
—Mamá, no puedes estar hablando en serio… —murmuró Sebastián.
—Estoy completamente en serio. Estoy cansada de que me humillen. Tu esposa no me respeta, es grosera y te manipula. No voy a seguir soportándolo.
Sebastián parecía un hombre colocado entre la espada y la pared. Valeria notó en su mirada la desesperación por encontrar una salida que no destruyera nada.
—Tranquilicémonos —propuso al fin—. Mamá, regresa a tu casa, date un tiempo para calmarte y luego hablamos con la cabeza fría.
—¡No! —golpeó el suelo con el tacón—. No me muevo de aquí hasta que me respondas. ¿A quién eliges?
Sebastián respiró hondo y miró directamente a su madre.
—Mamá, te quiero. Eso nunca va a cambiar. Eres mi madre y siempre lo serás. Pero Valeria es mi esposa. Frente a todos hice un compromiso con ella, ante la ley y ante Dios. Y no voy a romperlo.
Teresa dio un paso atrás, como si aquellas palabras le hubieran cruzado la cara.
—Entonces… ¿la eliges a ella?
—Elijo a mi familia —respondió él con voz firme—. Y tú puedes ser parte de esa familia, si así lo decides. Pero tienes que respetar a mi esposa y nuestras decisiones.
—¿Respetar? —rió Teresa con un tono casi histérico—. ¿Cómo quieres que respete a esta…?
—¡Basta! —la interrumpió Sebastián, alzando la voz como rara vez lo hacía—. Mamá, te pido que te vayas. Ahora. Cuando estés más tranquila, me llamas y lo hablamos.
Teresa lo miró como si estuviera viendo a un desconocido.
—Crié a un hijo desagradecido —susurró con rabia contenida—. He dedicado mi vida entera a ti.
