Cuando terminó de hablar, César Torres permaneció en silencio unos segundos. Luego, con una determinación que la tomó por sorpresa, soltó:
—Cásate conmigo. Si somos marido y mujer, ya no podrán meterse contigo. Y en vez de cuidar hijos ajenos, tendremos los nuestros.
Regina Palacios apartó la mirada. Su voz salió apagada, casi rota.
—No voy a poder darte hijos… Yo… aquella vez quedé embarazada. Mi mamá me llevó con un médico. Después, cuando Rodrigo Gallegos quiso formar familia, fui a revisión. Me dijeron que las complicaciones eran por lo que hice entonces… que yo misma me había cerrado esa puerta.
El rostro de César perdió el color. Ella sabía cuánto anhelaba él ser padre; se lo había escuchado más de una vez. ¿Qué hombre no sueña con dejar huella?
—Así que mejor olvídalo —añadió con amargura—. No soy la mujer adecuada para ti.
Él se levantó sin decir palabra y se marchó. Regina se quedó sola, llorando hasta que la noche se le hizo eterna.
La despertaron gritos y un olor espeso a humo. Desorientada, tardó en entender. El aire estaba cargado de ceniza. “¡Fuego!”, pensó, y salió corriendo en camisón.
Frente a la casa de sus padres ardía el automóvil. El cielo aún oscuro se iluminaba con llamaradas que parecían alcanzar las estrellas. Vecinos iban y venían con cubetas, dando órdenes, pero era evidente que el vehículo estaba perdido. Lo importante era que las llamas no alcanzaran la vivienda.
Entre la gente, César corría ayudando. Solo una vez cruzó la mirada con Regina. Y ella comprendió. Cuánto había detestado ese coche, símbolo de amenazas y chantajes. Ahora se consumía ante sus ojos. Las lágrimas le rodaron por las mejillas, pero no eran de tristeza, sino de alivio.
Se sentó en el escalón del porche. Cuando por fin apagaron el incendio, César se acercó y tomó asiento a su lado.
—Adoptamos —dijo firme, rodeándole la cintura—. Hay muchas formas de ser familia.
El horizonte empezaba a teñirse de rosa. Regina apoyó la cabeza en su hombro.
—Entonces vámonos a tu casa. Que se queden con esta, si eso quieren. Yo solo quiero paz.
—Claro que nos iremos. ¿Tú crees que mi papá y yo levantamos aquella casa para que esté vacía?
Él la abrazó con fuerza, y en ese instante Regina entendió algo esencial: no estaba rota ni marcada. Era simplemente una mujer más, digna de amar y ser amada.
