«Adoptamos» — dijo César, rodeándole la cintura

¡Qué desoladora y valiente resulta su soledad!
Historias

…y por eso muchos creían que, si ya estaba “manchada”, cualquiera tenía derecho a propasarse. Pero César Torres no era así. Regina Palacios notaba la forma en que él la miraba: no había nada fraternal en esos ojos, pero tampoco se atrevía a cruzar la línea.

—¿Qué, te gustó ese muchacho medio zonzo? —le soltó su padre un día, con tono burlón.

—¿De dónde sacas eso? —respondió ella, a la defensiva.

—Mejor así. Porque ya te tengo apalabrado a un pretendiente.

—¡No quiero a ningún pretendiente! —estalló Regina.

—A ver quién te pregunta —cortó él, tajante.

Ella pensó que lo decía al tanteo, como tantas otras veces. Pero se equivocaba. Una tarde, al volver del trabajo, encontró a su madre esperándola en la entrada.

—Ándale, métete. Tenemos visita.

—¿Visita? ¿Quién?

—Pasa y lo verás.

El invitado resultó ser Arturo Cortés, del pueblo vecino. Le llevaba diez años y era viudo con dos hijos. Su esposa había desaparecido en circunstancias raras; tiempo después la hallaron en el monte. A Regina le incomodaba la manera en que Arturo la escaneaba de arriba abajo y esas bromas grasientas que soltaba como si fueran halagos.

—Ya me voy, se me hace tarde —dijo al poco rato, tomando su bolsa.

—Te acompaño —se ofreció él de inmediato.

Tal como temía, en cuanto quedaron solos intentó abrazarla y robarle un beso. Regina logró zafarse a duras penas y casi corrió hasta su casa.

Al día siguiente, César le cerró el paso en el camino.

—Mira nada más —dijo, con el ceño fruncido—. Conmigo te haces la difícil, pero con ese andas de besucona.

—¿Y tú cómo sabes? —replicó ella, encendida.

—Fui ayer a verte, quería invitarme por fin a un café… y te vi con él.

Regina observó cómo a César le temblaba la nuez y apretaba los puños. Aquella escena, en lugar de asustarla, le provocó una risa inesperada.

—Pues órale, vamos por ese café, ya que fuiste.

Sentados a la mesa, Regina le contó todo: el miedo que pasó en aquel almacén, cómo su padre la convenció de retirar la denuncia a cambio de unas láminas, cómo prefirió refugiarse en casa del vecino antes que seguir bajo el mismo techo.

—Y ahora quiere deshacerse de mí, mandarme de niñera con hijos ajenos para quedarse con mi casa —concluyó, con amargura.

César la escuchaba con atención, serio, sin interrumpirla ni una sola vez.

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