Sin embargo, Regina Palacios se negó en redondo. No pensaba volver a esa casa que tanto dolor le traía ni convivir otra vez con quienes no había logrado perdonar.
—¡Eres una egoísta! —le gritaba su madre desde el otro lado de la cerca, cada vez que el tema salía.
Un día se toparon por casualidad. Regina regresaba de la tienda del pueblo con las bolsas repletas de harina y azúcar. Como muchas mujeres de por ahí, trabajaba en el establo, y cuando le pagaban hacía despensa para varias semanas. Nunca compraba todo de una sola vez; el peso era demasiado para cargarlo hasta su casa.
—Súbete, te llevo en la camioneta —le ofrecía su padre más de una vez.
Pero Regina jamás aceptó. No quería deberle nada ni escuchar reproches durante el trayecto. Así que cuando oyó un motor acercándose por el camino de tierra, pensó que era él. Se tensó. Para su sorpresa, quien se detuvo a su lado fue César Torres, un antiguo compañero de la secundaria al que no veía desde hacía tres años.
—Ándale, súbete. Te doy un aventón —propuso con naturalidad.
Ella negó con la cabeza. Entonces César apagó el motor sin discutir, bajó, tomó una de las bolsas sin pedir permiso y comenzó a caminar junto a ella en silencio.
No había cambiado mucho: seguía flaco, desgarbado y con las orejas algo salidas.
—¿Al menos me invitas un café? —preguntó después, con media sonrisa.
Regina lo miró con desconfianza.
—¿Qué quieres conmigo?
—Me gustas —respondió sin rodeos.
—¡Pero si nunca cruzamos palabra en la escuela!
—Porque tú ni me volteabas a ver. Yo estaba clavado contigo desde sexto.
—Eso fue hace siglos.
—¿Y qué tiene?
Ella no le ofreció ni café ni nada. Aun así, César no se dio por vencido. Empezó a aparecer a la salida del establo o afuera de la tienda, le ayudaba a cargar las compras o simplemente caminaba a su lado platicando de cualquier cosa. Contó que había regresado del norte, donde juntó dinero para comprarse una camioneta y levantar, junto a su padre, una casa propia.
Al principio, Regina se enfadaba por tanta insistencia. Luego, casi sin notarlo, se acostumbró a su presencia. Le inquietaba, eso sí, que intentara propasarse; ya había vivido situaciones así antes. Muchos en el pueblo pensaban que, como estaba “marcada” por su pasado, cualquiera podía tomarse libertades…
