Que Regina Palacios estaba “echada a perder” lo sabía todo el pueblo. Cuando cursaba el tercer año de secundaria, un comprador ambulante de carne que iba de paso la llevó a la fuerza a una bodega abandonada. Desde entonces, el murmullo no se apagó jamás. Los comentarios crecieron todavía más cuando aquel hombre le regaló a los padres de Regina un coche nuevo y, poco después, ellos retiraron la denuncia ante la policía. El asunto se enterró sin hacer ruido: su papá comenzó a pasearse orgulloso en el vehículo recién comprado, su mamá evitaba la mirada de cualquiera que preguntara por la muchacha, y Regina dejó de asistir a clases. Tiempo después le permitieron presentar los exámenes finales por libre y le entregaron el certificado de secundaria.
Ese episodio decidió borrarlo de su memoria. Pasó, ni modo. Igual que el otro que vino después. Lo único que deseaba con toda el alma era largarse de la casa de sus padres, así que aceptó casarse con el primero que se lo propuso. Quien dio el paso fue su vecino, Rodrigo Gallegos, quince años mayor que ella y recién salido de prisión. No le inspiraba miedo, pero tampoco cariño: era hosco, bebía más de la cuenta y repetía constantemente que quería un hijo varón que llevara su apellido. Al amanecer, Rodrigo ya estaba en pie rumbo al río, y regresaba cerca del mediodía con carpas llenas de espinas. Regina las freía en aceite muy caliente, después de pasarlas por harina, hasta que los huesitos quedaban tan suaves que, si el pescado era pequeño, podía comerse entero.
Un día Rodrigo no volvió. Lo encontraron ahogado entre los carrizos de la orilla. Regina sintió un alivio que la sorprendió, aunque también le dio lástima. Sin él, la vida resultó más sencilla: la casa quedó a su nombre y, por primera vez, tuvo la sensación de que su destino le pertenecía. El problema era que, justo al lado, vivían sus padres, siempre dispuestos a decirle qué hacer. Su padre incluso le soltó una propuesta directa:
—Regrésate con nosotros; aquí podemos instalar a Emiliano Ayala y a su esposa.
Su hermano se había casado dos años antes con una muchacha del pueblo vecino, y ella estaba a punto de dar a luz. Para todos era evidente que lo correcto sería dejar la casa a los recién casados, porque, según decían, esa era la obligación de Regina.

