«A ustedes. A todos.» — dijo Adriana en el centro del salón dejando enmudecidos a los presentes

Inaceptable complacencia ante tanta crueldad silenciosa.
Historias

La seguridad de Enrique Figueroa se resquebrajó apenas un segundo; aun así, hizo el esfuerzo de recomponerse y habló con ese tono impostado que solía usar cuando creía tener todo bajo control.

—Disculpe, pero… ¿su nombre? —preguntó, como si aferrarse a una formalidad pudiera devolverle el dominio de la situación.

—Adriana —respondió la mujer sin titubear—. Adriana Rojas.

El nombre quedó suspendido en el aire, pesado, incómodo. Para algunos no significaba absolutamente nada; para otros fue como recibir un golpe directo al pecho. Varias miradas se desviaron al suelo, como si de pronto comprendieran el papel que habían jugado en sucesos lejanos que preferían no revisar.

Adriana avanzó con paso tranquilo, sin acercarse a ninguna mesa. Se detuvo justo en el centro del salón, el sitio que antes siempre había estado reservado para los más seguros, los más ruidosos, los que dominaban el espacio con su sola presencia. Hubo un tiempo en que ese lugar le resultaba inalcanzable.

—Durante mucho pensé si debía venir —continuó—. Quince años suelen considerarse suficientes para borrar cualquier cosa. Al menos, eso es lo que se dice.

Recorrió los rostros uno por uno. Algunos estaban tensos, otros mostraban una indiferencia ensayada, y unos cuantos intentaban sonreír, como si todo aquello fuera parte del entretenimiento de la noche.

—Pero hay cosas que no se disuelven —añadió—. Se quedan dentro, moldean decisiones, marcan caminos.

Paola Luna se levantó de golpe, empujando la silla hacia atrás.

—Si vino a armar un espectáculo —dijo con frialdad—, le aviso que este no es el lugar.

Adriana la observó con atención, sin rastro de enojo.

—Siempre fuiste buena para decidir qué era apropiado —respondió—. ¿Te acuerdas cuando elegías quién podía sentarse cerca y a quién era mejor borrar del salón?

Paola abrió la boca, pero ninguna palabra salió. Recuerdos que había minimizado durante años adquirieron de pronto un peso distinto.

—No estoy aquí buscando disculpas —prosiguió Adriana—. Tampoco explicaciones. Cada uno de ustedes se contó su propia versión hace mucho tiempo.

Guardó silencio un instante, dejando que la quietud volviera a ocupar el espacio.

—Vine a demostrar que el pasado no siempre dicta el final.

Enrique soltó una risa breve, forzada, intentando recuperar terreno.

—¿Y qué se supone que quiere probar? —preguntó—. ¿Que ahora es una mujer exitosa?

Adriana inclinó ligeramente la cabeza.

—No. El éxito es relativo. Lo que quiero es recordarles que toda acción tiene consecuencias, aunque a veces tarden años en alcanzarnos.

Sacó de su bolso una carpeta delgada y la colocó sobre la mesa más cercana. Nadie se atrevió a tocarla, pero todas las miradas quedaron fijas en ese objeto sencillo.

—Aquí hay documentos —explicó—. Hechos, testimonios, historias que muchos de ustedes prefirieron enterrar.

Aunque las puertas seguían cerradas, el ambiente se volvió más frío, denso.

—Desde hace años trabajo con adolescentes —continuó—. Con los que nadie escucha, con los que humillan, con los que rompen a base de burlas y silencios. He visto cómo terminan esas historias.

Su voz se mantuvo serena, pero adquirió una profundidad inquietante.

—Algunos de ustedes ya son madres o padres. Otros dirigen empresas, equipos, vidas ajenas. Algunos se creen ejemplo a seguir. Yo, en cambio, recuerdo cómo se reían cuando me rompían los cuadernos, cómo volteaban la cara cuando me empujaban en los pasillos, cómo callaban cuando bastaba decir una sola palabra.

Un hombre junto a la ventana se dejó caer en la silla, cubriéndose el rostro con las manos. En otra mesa, una mujer dejó escapar un sollozo apenas audible.

—No los acuso —dijo Adriana—. Solo estoy señalando hechos.

Se acercó a Enrique. Entre ambos quedaron apenas unos pasos.

—Hablabas de llegar a la cima —murmuró—, de ganadores y perdedores. ¿Sabes qué aprendí con los años? Que la verdadera altura no se mide por estar encima de otros, sino por cuántas personas no aplastaste en el camino.

El rostro de Enrique perdió color; la seguridad que lo había acompañado se desmoronó como vidrio hecho trizas.

—¿Y ahora qué? —preguntó casi en un susurro.

Adriana miró al salón por última vez, como si quisiera grabar cada gesto en la memoria.

—Ahora van a recordar —respondió— y, tal vez, la próxima vez se atrevan a elegir de manera distinta.

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