«A ustedes. A todos.» — dijo Adriana en el centro del salón dejando enmudecidos a los presentes

Inaceptable complacencia ante tanta crueldad silenciosa.
Historias

En la reunión de exalumnos apareció una mujer desconocida y, apenas unos segundos después, los presentes comprendieron con sobresalto algo impensable: detrás de aquella figura elegante y segura estaba la misma niña a la que años atrás habían ridiculizado y preferido ignorar. Nadie lograba explicarse qué la había llevado hasta ahí.

Ajuste de cuentas en tonos apagados

El amplio salón del restaurante Brisa Plateada estaba envuelto en una celebración medida, casi calculada. Afuera, la lluvia de octubre golpeaba con furia los ventanales; adentro, en cambio, todo se bañaba de una luz ámbar suave, como si ese espacio viviera separado del resto del mundo. El piso pulido devolvía destellos de las arañas de cristal y las velas sobre las mesas añadían una calma engañosa, frágil.

Habían pasado quince años desde la graduación. Un lapso suficiente para borrar fórmulas, fechas y lecciones escolares, pero no para cerrar las heridas que dejan las burlas, los desprecios y la crueldad disfrazada de adolescencia.

Bajo la enorme lámpara central se movía con soltura Enrique Figueroa, antiguo ídolo del salón, acostumbrado a encabezar todo. Apenas había cambiado: la misma seguridad excesiva, un traje caro, la costumbre de mirar por encima del hombro. A su lado estaba Paola Luna, su esposa, dueña de una belleza fría y de una mirada que, en otros tiempos, decidía quién sería el próximo blanco de las risas.

—Propongo un brindis —anunció Enrique con voz firme, y el choque de copas recorrió el salón—. Por nosotros. Por los que supimos mantenernos arriba. Al final, la vida es una competencia: hay ganadores… y hay quienes simplemente no corrieron con suerte.

No alcanzó a terminar la frase. Un sonido seco llegó desde la entrada. Las puertas se abrieron de golpe, dejando pasar una ráfaga de aire húmedo y helado. Todas las miradas se giraron al mismo tiempo.

En el umbral había una mujer.

El frío entró con ella, recordándoles que afuera existía otra realidad, lejos del resplandor cómodo de las lámparas. No avanzó de inmediato: dejó que las puertas se cerraran tras su espalda y solo entonces caminó hacia el interior. Sus tacones casi no se oían, pero cada paso parecía sentirse en el ambiente.

Vestía con sencillez, sin alardes, aunque cada detalle hablaba de control y seguridad. Un abrigo claro delineaba su figura, el cabello oscuro estaba recogido con pulcritud y sus ojos observaban con calma, sin prisa. No había desafío en su expresión, tampoco timidez; solo la dignidad serena de alguien que sabe exactamente por qué está ahí.

El silencio se estiró hasta volverse incómodo. Alguien carraspeó nervioso, otros bajaron la mirada, y algunos se esforzaron por reconocer en ese rostro rasgos enterrados en la memoria.

—Disculpa… —se animó a decir una mujer desde una mesa lejana—. ¿Tú… a quién buscas?

La recién llegada se detuvo. Apenas un gesto en los labios, casi imperceptible, y luego habló con voz firme.

—A ustedes. A todos.

No hubo reproche ni dureza en esas palabras, y precisamente por eso provocaron tensión. Enrique frunció el ceño, dejó su copa sobre la mesa y la examinó con la condescendencia que le era habitual.

—Esta es una reunión privada —dijo—. Solo para exalumnos.

Ella fijó la mirada en él. En ese instante alguien soltó un suspiro ahogado; el reconocimiento fue demasiado abrupto. Paola empalideció y apretó la servilleta con fuerza.

—Lo soy —respondió la mujer con tranquilidad—. Aunque en la escuela preferían fingir que yo no existía.

Un murmullo recorrió el salón como hojas secas arrastradas por el viento. Las personas se miraban entre sí, atando cabos, rescatando recuerdos que habían mantenido ocultos durante años y que ahora regresaban con una nitidez incómoda.

—No puede ser… —susurró alguien.

—¿Es ella? ¿La misma?

—Pero si en ese entonces…

Enrique dio un paso al frente, y el ambiente se tensó, como si todos intuyeran que aquel gesto era solo el inicio de algo que llevaba demasiado tiempo esperando.

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