Beatriz Díaz se mantuvo firme durante todo ese periodo. Compareció ante las autoridades cuantas veces fue necesario, rindió declaraciones detalladas, entregó pruebas adicionales y se asesoró constantemente con abogados especializados. En el fondo, tenía claro que esa determinación no era solo por ella: se había convertido en un escudo para Yaretzi Estrada, una forma concreta de protegerla.
Pasaron varios meses y los cambios comenzaron a notarse con claridad. Yaretzi regresó por completo a la escuela, volvió a integrarse en las actividades escolares, participó en eventos, retomó el deporte y también la música, que siempre le había dado calma. Beatriz estaba atenta a su salud física y emocional, pero al mismo tiempo aprendió a soltar un poco, entendiendo que la confianza y la autonomía eran piezas fundamentales del proceso de sanación.
Una mañana, mientras Yaretzi se alistaba para salir rumbo a la escuela, se detuvo, miró a su madre y le habló con una voz tranquila pero segura:
—Mamá, quiero que sepas algo… gracias por no dejarme sola nunca. Te quiero mucho.
Beatriz no pudo evitar que las lágrimas le humedecieran los ojos. Sonrió y respondió con sinceridad absoluta:
—Yo te amo más que a nada en este mundo.
Con el paso de los días, la vida familiar empezó a encontrar un nuevo equilibrio. Beatriz tomó una decisión inquebrantable: jamás permitiría que nadie, ni siquiera una pareja, estuviera cerca de su hija sin su supervisión. Reorganizó su rutina, su trabajo y su círculo social para que Yaretzi siempre se sintiera protegida y en un entorno seguro.
Por las noches, Beatriz se inscribió en clases de defensa personal. No lo hizo solo por fuerza física, sino para reforzar su seguridad interior. Comprendió que la verdadera fortaleza no está únicamente en el valor, sino también en saber reaccionar con rapidez y determinación cuando hace falta. Cada acción que tomaba tenía un mismo objetivo: cuidar a su hija y evitar que algo así volviera a ocurrir.
Yaretzi continuó asistiendo a terapia psicológica. El especialista la ayudó a enfrentar sus miedos, a poner en palabras la ansiedad y a hablar de las pesadillas que aún aparecían algunas noches. Poco a poco, la niña fue abriéndose, compartiendo lo que sentía. Beatriz la escuchaba con atención, la acompañaba y juntas iban construyendo estrategias para manejar el temor y recuperar la calma.
El tiempo siguió avanzando y la recuperación era evidente. Yaretzi empezó a sonreír con mayor frecuencia, a interesarse por actividades nuevas y a convivir con sus amigas sin la sombra constante del miedo. Beatriz observaba con emoción cómo su hija dejaba atrás a la niña asustada para convertirse en una persona fuerte y segura de sí misma.
Finalmente, la policía dio por concluida la investigación y Mauricio Ortiz fue llevado ante la justicia. Beatriz estuvo presente en las audiencias, volvió a declarar y fue testigo de cómo el proceso legal avanzaba hasta que se hizo justicia. Su valentía, su constancia y el amor profundo por su hija fueron determinantes para que el daño no quedara impune.
La vida, poco a poco, retomó un ritmo más sereno. Beatriz y Yaretzi construyeron un nuevo día a día basado en el cuidado mutuo, la confianza y la seguridad. Cada mañana comenzaba con una sonrisa, y cada noche terminaba con abrazos y charlas sobre lo vivido durante el día.
Beatriz era consciente de que el pasado había dejado marcas, pero también le había dado aprendizaje y fortaleza. Sabía que ya no permitiría que el miedo dirigiera sus decisiones. Juntas se habían convertido en un equipo sólido, capaz de enfrentar cualquier obstáculo.
Yaretzi volvió a disfrutar de la vida, se concentró en sus estudios, en el deporte y en sus amistades. Beatriz la miraba con orgullo y gratitud. Cada sonrisa de su hija era una prueba de que el amor, la firmeza y la protección pueden vencer incluso a las experiencias más oscuras.
Lo ocurrido cambió sus vidas para siempre, pero también demostró que el amor de una madre es una fuerza capaz de superar cualquier prueba. Beatriz tenía la certeza de que, a partir de ese momento, ambas podían enfrentar cualquier peligro y construir un futuro lleno de confianza, cuidado y felicidad.
Aunque algunos recuerdos aún aparecían de vez en cuando, el miedo fue cediendo espacio a la seguridad. Cada día, cada instante, confirmaba que la determinación y el amor son más fuertes que cualquier adversidad.
Yaretzi creció como una niña fuerte, segura y feliz, con Beatriz siempre a su lado, cuidándola y apoyándola. Aprendieron a empezar de nuevo, a valorar cada momento y a entender que la fuerza del amor materno es capaz de volver posible incluso lo que parecía imposible.
