Con el paso de los días, Beatriz Díaz se permitió respirar con un poco menos de angustia, aunque seguía viviendo cada instante con una mezcla de cuidado extremo y gratitud profunda, consciente de que esos momentos de aparente calma tenían un valor incalculable.
Transcurrieron varias semanas. Mauricio Ortiz permanecía bajo investigación formal, y esa certeza, aunque no borraba el miedo, le daba a Beatriz una sensación mínima de protección. Ella y Yaretzi Estrada comenzaron, lentamente, a levantar una vida distinta, sostenida ahora por bases firmes: confianza mutua, seguridad real y un amor que se había vuelto aún más fuerte tras la tormenta. Beatriz entendió, con claridad dolorosa, que sus decisiones a tiempo no solo habían salvado a su hija, sino que también habían detenido una tragedia que pudo haber sido mucho más devastadora.
Cada mañana, Beatriz despertaba con una idea fija: lo primero y lo último era Yaretzi. Cada mirada de la niña, cada movimiento espontáneo, cada sonrisa tímida se convertían en una recompensa silenciosa por todo lo que había resistido. Tenía la certeza de que, de ahora en adelante, madre e hija enfrentarían juntas cualquier amenaza, sin volver a bajar la guardia.
Lo ocurrido dejó una huella profunda, imposible de borrar, pero también reveló la fuerza imparable del amor materno, de la determinación y del valor. Beatriz sabía que permitir que el miedo tomara el control solo conducía a la parálisis. Para ella, la verdadera fortaleza estaba en actuar, en proteger sin titubeos y en alzar la voz por quienes no podían hacerlo solos.
Después de semanas marcadas por la tensión y el desvelo, la vida comenzó a acomodarse poco a poco. Beatriz observaba cada gesto de su hija, atenta a cualquier señal de incomodidad o tristeza. Yaretzi empezó a sonreír con mayor frecuencia; las tareas escolares y el contacto con sus amigas regresaron gradualmente a sus días. Sin embargo, el recuerdo del dolor y del terror vivido seguía presente, como una sombra discreta. Cada mañana, Beatriz revisaba su celular para asegurarse de que la investigación continuaba y de que Mauricio no tendría oportunidad de acercarse. Para ella, ningún segundo de tranquilidad era insignificante, y no pensaba bajar la guardia.
Una tarde, mientras Yaretzi se encontraba dibujando en su habitación, Beatriz decidió visitar al médico que había acompañado a su hija desde que nació. No quería hablar únicamente del estado físico, sino también del impacto emocional que todo había dejado. El doctor la recibió con amabilidad, notando de inmediato la tensión acumulada en su expresión.
—Beatriz —le dijo con voz serena—, la condición de Yaretzi es estable. Su recuperación va por buen camino y ya no hay riesgo para sus órganos internos. Sin embargo, el aspecto emocional es fundamental. Lo que vivió dejó marcas que necesitan atención.
Beatriz asintió, luchando por no quebrarse.
—Lo sé —respondió—. Le cuesta quedarse sola y se asusta con facilidad. Necesito ayudarla a superar eso.
El médico le recomendó iniciar un proceso de psicoterapia infantil y sesiones regulares con un especialista para fortalecer su estabilidad emocional. Beatriz aceptó sin dudarlo, convencida de que ese paso era indispensable para una recuperación completa.
Mientras tanto, la investigación seguía avanzando. Mauricio fue interrogado nuevamente y su coartada comenzó a mostrar inconsistencias evidentes. Un agente acudió al domicilio de Beatriz para aclarar algunos puntos.
—Beatriz —le explicó—, las declaraciones que usted dio tras la hospitalización fueron clave para construir un caso sólido. Vamos a proceder legalmente contra Mauricio Ortiz. No volverá a representar un peligro para Yaretzi ni para ningún otro menor.
Aunque sintió un alivio inmediato, el corazón de Beatriz seguía latiendo con fuerza. Sabía que la lucha por la seguridad de su hija aún no terminaba, aunque el desenlace favorable se vislumbraba cada vez más cercano.
Yaretzi, por su parte, fue retomando su vida cotidiana. Regresó a la escuela, aunque todavía le resultaban difíciles los ruidos fuertes y el bullicio de los recreos. Beatriz la acompañaba, explicándole con paciencia que estaba a salvo y que nadie iba a lastimarla. La niña confiaba plenamente en su madre, y esa confianza se convirtió en su principal sostén.
Una noche, mientras descansaban juntas en el sillón, Beatriz le preguntó con suavidad:
—¿Cómo te sientes hoy, hija?
—Mejor —contestó Yaretzi en voz baja—, aunque a veces me da miedo cuando recuerdo todo.
Beatriz la abrazó con cuidado, acariciándole el cabello.
—Es normal —le dijo—. No estás sola, y vamos a salir adelante juntas.
Las sesiones con la psicóloga comenzaron a dar frutos. Poco a poco, Yaretzi aprendió a manejar sus temores, a poner en palabras lo que sentía y a expresar sus emociones sin encerrarse en el silencio. Volvió a dibujar con entusiasmo, a leer sus libros favoritos y a convivir con sus amigas. Beatriz observaba ese proceso con orgullo, viendo cómo su hija recuperaba la fortaleza que siempre había tenido.
Mientras tanto, el proceso legal continuaba su curso. Mauricio Ortiz era sometido a nuevas revisiones y peritajes, y cada hallazgo reforzaba el caso en su contra, preparando el terreno para lo que vendría después.
