—¿Que no era grave? —estalló Beatriz Díaz, con la voz quebrada entre el llanto contenido y una rabia que ya no podía ocultar—. ¡La dejaste sola, retorciéndose de dolor, y ahora está internada por lo que pasó!
Mauricio Ortiz dio un paso hacia atrás; la mueca burlona se le borró del rostro. Sin embargo, Beatriz ya no tuvo energía para seguir enfrentándolo. El personal médico la llamó de inmediato y le indicó que regresara a la habitación, avisándole que los estudios ya habían comenzado.
Dentro del cuarto reinaba un silencio tenso, interrumpido únicamente por el pitido constante de los monitores y la respiración irregular de Yaretzi Estrada. Beatriz se sentó junto a la cama, tomó la mano pequeña de su hija y le acarició el cabello con suavidad, intentando transmitirle calma y protección. La niña murmuró apenas, con un hilo de voz:
—Mamá… tengo miedo.
—Aquí estoy contigo —le respondió Beatriz, inclinándose hacia ella—. No te voy a dejar sola, te lo prometo.
Los exámenes no fueron sencillos ni rápidos. Los médicos detectaron varias lesiones internas que no coincidían con un malestar común: señales claras de presión excesiva o de un golpe fuerte. Actuaron de inmediato para estabilizarla, administraron medicamentos, ajustaron sueros y dejaron todo listo para análisis más profundos.
Mientras Yaretzi permanecía bajo observación, Beatriz tomó una decisión que ya no podía postergar. Marcó a la policía y expuso todas sus sospechas, cada detalle que le parecía fuera de lugar. Aunque la voz le temblaba, habló con firmeza: no iba a permitir que alguien lastimara a su hija sin enfrentar consecuencias.
Horas más tarde, uno de los médicos la llamó aparte.
—La condición de Yaretzi está controlada por ahora —le explicó—, pero necesitará tratamiento adicional. Su cuerpo ha sufrido demasiado.
El alivio la recorrió por dentro, aunque la inquietud no se disipó del todo. Recordó las palabras del especialista, quien insistió en que ese tipo de lesiones no podían ser producto del azar. Los ojos se le llenaron de lágrimas al pensar en lo que pudo haber ocurrido si no hubiera llegado a tiempo.
Esa misma noche, agentes de policía se presentaron en el hospital. Mauricio fue citado para rendir declaración. Beatriz permaneció junto a su hija, aferrándole la mano, preparada para contar todo lo que sabía. Yaretzi se escondía ligeramente detrás de ella, sin comprender del todo la gravedad del momento, pero percibiendo la tensión en el ambiente.
El investigador escuchó con atención a Beatriz, formuló preguntas sobre el fin de semana, sobre las quejas de dolor de la niña y las respuestas evasivas de Mauricio. Cada recuerdo le apretaba el pecho, mezclando coraje y tristeza.
—Vamos a revisar cada circunstancia —aseguró el agente—. Nuestro deber es garantizar la seguridad de la menor.
Beatriz asintió, respirando hondo para no romper en llanto. Tenía claro que aquello apenas comenzaba. Mauricio, apartado del resto, intentaba aparentar serenidad, pero su mirada delataba nerviosismo. Tarde o temprano tendría que responder por lo sucedido, y esta vez la verdad no quedaría enterrada.
Las noches en el hospital se hicieron eternas. Beatriz no se separó de la cama, vigilando signos, hablando en voz baja, tranquilizando a su hija. A pesar del dolor, Yaretzi empezó poco a poco a reaccionar mejor. Seguía aferrándose a su madre y lloraba en silencio de vez en cuando, pero sabía que no estaba sola.
Con el paso de los días, los doctores informaron que podían trasladarla a una habitación regular. Beatriz soltó un suspiro que llevaba guardando demasiado tiempo. Se encargó de que su hija estuviera lo más cómoda posible, buscó distraerla del miedo y las molestias. Las mañanas se llenaron de cuidados, y las tardes de charlas sobre la escuela, amigas y libros favoritos.
Aun así, el pensamiento de Mauricio no la dejaba en paz. Beatriz entendía que no bastaba con seguir adelante como si nada. Continuó colaborando con las autoridades, entregó estudios, explicó conductas, detalló cada señal que había ignorado antes. Sabía que solo así podría proteger a Yaretzi y evitar que alguien más pasara por lo mismo.
Con el tiempo, la niña mostró una mejoría evidente. Los médicos hablaban de una recuperación progresiva, y Beatriz volvió a ver destellos de sonrisa en su rostro, aunque el temor aún no desaparecía del todo. Se juró a sí misma que jamás permitiría que ese hombre estuviera cerca de su hija sin supervisión.
La investigación siguió su curso. Beatriz participó en diligencias, ratificó declaraciones, respondió preguntas una y otra vez. Mauricio intentó justificarse, pero las pruebas eran contundentes: los informes médicos, los estudios de imagen y los testimonios de madre e hija formaban un conjunto imposible de ignorar.
Yaretzi empezó, poco a poco, a retomar su rutina. La escuela, sus amigas y sus actividades regresaron a su vida diaria. Beatriz la observaba con atención constante, agradecida por cada momento de calma que podían compartir, consciente de que cada paso hacia la normalidad era también una victoria silenciosa.
