El lunes arrancó como cualquier otro. Beatriz Díaz, madre de una niña de ocho años, estaba preparando el desayuno antes de salir rumbo a la escuela. Sin embargo, desde que abrió los ojos traía una inquietud clavada en el pecho, una sensación rara que no lograba sacudirse.
Yaretzi Estrada estaba sentada a la mesa, pálida, encorvada, presionándose el vientre con ambas manos como si así pudiera contener el dolor.
—Mamá… otra vez me duele —murmuró, casi sin voz.
A Beatriz se le apretó el corazón.
—¿Ayer me dijiste algo de eso? —preguntó, tratando de no alarmarla.

La niña negó con la cabeza, nerviosa.
—Empezó el sábado en la noche… muy fuerte. Le dije a mi padrastro y él dijo que seguro era por la pizza.
Mauricio Ortiz, el esposo de Beatriz, era el padrastro de Yaretzi. Ese fin de semana Beatriz había tenido que trabajar y dejó a su hija bajo su cuidado. Antes había restado importancia a las quejas de la niña, convenciéndose de que se trataba de dolores normales. Ahora, esa explicación ya no le bastaba y la preocupación no la soltaba.
Sin perder tiempo, Beatriz llevó a Yaretzi con el pediatra que la había atendido desde bebé. Tras revisarla con cuidado, el médico pidió un ultrasonido “solo para estar seguros”. Cuando las imágenes aparecieron en la pantalla, su expresión cambió por completo. Intercambió una mirada tensa con la asistente.
—Doctor… ¿qué está viendo? —preguntó Beatriz, con la voz temblorosa.
El médico tomó el teléfono de inmediato y habló con urgencia:
—Necesitamos hospitalizar a su hija ahora mismo.
Miró a la pequeña recostada en la camilla y un pensamiento oscuro le cruzó la mente: ¿qué había pasado realmente ese fin de semana con el padrastro?
La ambulancia llegó en cuestión de minutos. Los paramédicos colocaron a Yaretzi con sumo cuidado en la camilla, y Beatriz caminó detrás sin soltarle la mano, como si así pudiera protegerla de todo. Durante el trayecto, el personal médico vigilaba cada signo vital: pulso, presión, respiración. Beatriz sentía que le faltaba el aire; el corazón le golpeaba el pecho con violencia.
—Mamá, tengo miedo —susurró Yaretzi, aferrándose a sus dedos.
—Todo va a salir bien —respondió Beatriz, aunque la voz se le quebraba—. Estoy contigo, no estás sola.
El camino al hospital se le hizo interminable. En su mente regresaban las imágenes del fin de semana: el llanto apagado de Yaretzi por las noches, la indiferencia de Mauricio ante sus quejas. Se reprochó haberla dejado sola con él, haber confiado cuando su intuición llevaba tiempo advirtiéndole que algo no estaba bien.
En el área de urgencias, las enfermeras llevaron a Yaretzi directamente a una habitación. Beatriz no se separó de ella ni un segundo. Poco después apareció el médico del ultrasonido, con un gesto que la hizo estremecerse.
—Beatriz —dijo en voz baja—, detectamos lesiones internas que no se producen por sí solas. Es grave. Necesitamos hacer estudios y comenzar tratamiento de inmediato.
Las palabras la atravesaron como una puñalada. Beatriz miró a su hija, que intentaba sonreír pese al dolor evidente. En ese instante entendió que, durante su ausencia, había ocurrido algo terrible. Recordó lo que Yaretzi le contó, la reacción de Mauricio, y sintió cómo el miedo y la rabia se mezclaban en su interior.
El médico la llevó aparte.
—Tenemos que aclarar qué sucedió. Puede tratarse de un accidente… o de algo más. Será necesario notificar a la policía —explicó con cautela.
Beatriz asintió, conteniendo el llanto. No quería imaginar de qué podía ser capaz Mauricio. Su mente se resistía, pero las imágenes y el diagnóstico ya no dejaban espacio para la negación.
Mientras tanto, preparaban a Yaretzi para los estudios. Cada ruido de los aparatos, cada movimiento del personal, le parecía una tortura. Beatriz le sostenía la mano, le hablaba al oído para tranquilizarla. La niña apretaba los dedos de su madre, tratando de ser valiente, aunque el terror se le notaba en los ojos.
En el pasillo, Beatriz se encontró con Mauricio. Estaba junto a la entrada, como si nada grave ocurriera, incluso con una leve sonrisa. La sangre le hirvió. Se acercó a él; su voz temblaba, pero hizo un esfuerzo por controlarse.
—¿Dónde estabas el sábado en la noche? —le reclamó—. ¿Qué le hiciste a Yaretzi?
Mauricio arqueó una ceja, fingiendo sorpresa.
—¿De qué hablas? —respondió—. Dijo que le dolía el estómago… yo pensé que no era nada serio.
Beatriz respiró hondo, sintiendo que estaba a punto de perder el control, mientras los médicos seguían con los preparativos y la tensión en el hospital aumentaba minuto a minuto.
