No le temblaron las manos. Por dentro no sentía nada: un hueco helado, sereno, como si alguien hubiera apagado el ruido.
Cuando terminó, el reloj marcaba las once. Teresa Romero tiró los frascos vacíos a la basura, amarró bien la bolsa y la llevó hasta el contenedor del edificio, sin mirar atrás.
Adrián Chávez llegó a la una de la madrugada, borracho. Se dejó caer en la cama sin preguntar cómo estaba ella ni decir una palabra. Teresa se acomodó a su lado. Durmió profundo, sin sueños.
La mañana del treinta y uno, Adrián salió disparado desde la puerta.
—Ándale, apúrate, ¿dónde está la comida? Mi mamá dijo que hay que llevar todo antes del mediodía, ya van a empezar a arreglar.
Agarró las bolsas, las metió al coche. Cerró la cajuela de un golpe y, antes de subir, gritó:
—¡Ya me voy! Tú ahí te las arreglas sola.
Ni siquiera la felicitó.
Teresa levantó la mano en un gesto automático. El coche dobló la esquina y desapareció.
Volvió al departamento, preparó café y encendió la televisión. Pasó el día entero tirada en el sillón. Había silencio y una calma rara, casi cómoda. Gabriela Ramos llamó tres veces para invitarla a pasar el Año Nuevo juntas, pero Teresa dijo que no. Necesitaba estar sola.
A la medianoche chocó su copa de vino espumoso con la pantalla, mientras el presidente daba su mensaje al país. Luego se sentó junto a la ventana. Los fuegos artificiales reventaban sobre la ciudad, brillantes y fugaces.
A las dos de la mañana, el celular vibró con furia.
—¡¿QUÉ LE PUSISTE A LA COMIDA?!
Adrián gritaba tan fuerte que Teresa apartó el teléfono de la oreja.
—¿Qué pasó?
—¡ESTO ES UN INFIERNO! ¡Todos encerrados en el baño! ¡Mi mamá, mi hermana, los invitados! ¡Los niños llorando, gente vomitando, nadie puede ni levantarse! ¡El marido de mi hermana se hizo encima ahí mismo! ¡Se acabó la fiesta! ¿Qué hiciste?
Teresa dio un sorbo tranquilo a su copa.
—Cociné exactamente como Margarita Salazar pidió. Casero, con cariño. A lo mejor sus estómagos ya no toleran la comida de gente ajena. Tú mismo lo dijiste: ustedes tienen su propio círculo.
—¿Tú… lo hiciste a propósito?
La voz se le quebró.
—Yo solo soy la cocinera, Adrián. Para la cocina, ¿te acuerdas? La muchacha sencilla que sirve para eso. Así dijo tu mamá el día de nuestra boda. Hace doce años.
Del otro lado, no se escuchó nada. El silencio quedó colgado en la línea, pesado, anunciando lo que vendría después.
