«Yo solo soy la cocinera, Adrián» — dijo Teresa con voz fría contestando los gritos de su marido

¡Qué humillante ser invisible en tu propia casa!
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A las seis de la mañana volvió a ponerse en pie y siguió como si nada. En algún punto se sorprendió pensando que ya ni coraje sentía. No había rabia, ni ganas de reclamar: estaba cumpliendo una tarea, punto.

A mediodía apareció su hermana, Gabriela Ramos. Se quedó viendo la mesa atestada de recipientes de plástico y soltó un silbido.

—¿Qué onda, vas a abrir fonda o qué?

—Es para la familia de Adrián Chávez. Para la cena de Año Nuevo.

—¿Y tú dónde entras?

—Aquí mismo. Sola. No me invitaron, pero sí encargaron el menú.

Gabriela se dejó caer en el banquito y guardó silencio largo rato.

—Oye… hace años quería decirte algo. ¿Te acuerdas de tu boda? Yo pasé por el pasillo y, sin querer, escuché a Margarita Salazar hablando con una amiga, afuera del baño. Dijo: “El Adriancito se consiguió una muchachita sencilla. Ni modo, por lo menos sabe cocinar. Para la cocina alcanza”.

Teresa Romero se quedó inmóvil. El cuchillo quedó suspendido sobre la tabla.

—¿Doce años callándote eso?

—Pensé que no era asunto mío. Perdóname —Gabriela se frotó el entrecejo—. Pero ver todo esto… me revuelve el estómago. ¿De verdad vas a entregarles la comida y quedarte sola en Año Nuevo?

—Sí. Eso voy a hacer.

Gabriela se fue dando un portazo.

A las siete de la noche sonó el teléfono. Era Margarita Salazar, con esa voz empalagosa, casi de caramelo.

—Teresiíta, corazón, se me ocurrió algo. ¿Y si le agregas camarones? Y huevito rojo, ya sabes, caviar. Es Año Nuevo, vienen visitas importantes. Adrián luego te repone el gasto.

Luego. Algún día. En doce años, Adrián jamás le había regresado ni un peso por las compras de las fiestas familiares.

—Está bien, Margarita Salazar. Yo me encargo.

Colgó. Se sentó en el sillón y se quedó viendo un punto fijo, sin parpadear, unos diez minutos. Después se levantó, se puso la chamarra y salió. En la farmacia de la esquina compró dos frascos de un laxante potente, incoloro, sin olor ni sabor.

Ya en casa, destapó el primer recipiente de gelatina de carne. Dejó caer el líquido en el caldo y lo movió con una cuchara. Cerró. Abrió el siguiente: arenque con betabel. Unas gotas más sobre la mayonesa. Luego el de la ensalada rusa, el pastel frío, la salsa para el pescado. Las manos seguían firmes, precisas, como si supieran exactamente qué hacer.

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