—Mi mamá dijo que lo mejor es que te quedes en casa. Este año va a ser una celebración únicamente familiar.
Adrián Chávez ni siquiera levantó la vista del celular. Teresa Romero se quedó inmóvil, con el trapo detenido en el aire, en medio de la cocina. Era veintisiete de diciembre, faltaban tres días para Año Nuevo, y acababan de borrarla de la familia. Otra vez.
—¿Cómo que me quede? —preguntó, más por inercia que por esperanza.
—Pues así —respondió él, como si explicara algo obvio—. No cabes ahí, ¿o sí? El departamento de mi mamá no es enorme. —Por fin alzó la mirada, sorprendido, como si Teresa hubiera dicho una tontería—. Eso sí, pidió que tú te encargues de la comida. Aquí está la lista.
Le extendió una hoja escrita con la letra redondeada y cuidadosa de Margarita Salazar. Teresa la tomó con la punta de los dedos.

Gelatina de carne. Tres tipos de ensalada. Pescado al horno. Empanadas de carne y de manzana. Tablas de carnes frías. Abajo, una nota añadida: “Y no se te olvide presentar todo bonito, Teresita. Habrá invitados”.
Invitados. Para ellos sí había lugar. Para ella, no.
—Entonces quiere que cocine para unas veinte personas, pero que no me siente a la mesa.
No lo preguntó; lo dijo en voz alta, probando cómo sonaba esa verdad.
—Exacto. Tú entiendes que ellos tienen su círculo. Tú ahí te sentirías fuera de lugar.
Doce años de matrimonio. Doce años preparando comida para esa familia en cada reunión, cumpleaños y festejo. Sentarse a la mesa le había tocado contadas veces. El resto del tiempo: recalentar, servir, recoger, lavar.
—Está bien —dijo Teresa.
Adrián asintió y volvió a perderse en la pantalla.
El veintinueve, Teresa estaba frente al refrigerador del supermercado, eligiendo carne para la gelatina. Se le fue casi la mitad del sueldo mensual. El mismo dinero que había guardado para comprarse un abrigo de invierno. Tomó la carne y la puso en el carrito. Luego salmón, aguacates, piña para las ensaladas. A Margarita Salazar le gustaba que todo se viera “como debe ser”.
En casa, hirvió, picó, mezcló. Las manos trabajaban solas, sin que ella pensara demasiado. El día treinta se levantó temprano, dispuesta a seguir.
