—Buenas tardes, Patricia Mejía —respondió Claudia con cautela—. Todo tranquilo hoy; con este aguacero casi no ha entrado nadie, supongo que es por el clima.
—Clau, necesito hablar contigo —dijo la dueña sin rodeos.
Se acercó a la puerta y giró el letrero hasta que quedó visible el “Cerrado”. A Claudia se le apretó el estómago; ese gesto nunca anunciaba nada bueno. Exhaló despacio y tomó asiento en el sillón al que Patricia la invitó con un movimiento de la mano.
—Tú misma has notado que últimamente las cosas no van como antes —empezó Patricia, midiendo las palabras. Claudia asintió en silencio—. Además, sabes que para mí esta librería siempre ha sido más un gusto personal que un negocio. El caso es que voy a abrir una sucursal en otra ciudad y, por un tiempo, me quedaré allá. Francamente, ya no me alcanza el día para atender este lugar como se merece.
—¿Entonces… la va a cerrar? —preguntó Claudia, con un hilo de voz.
Patricia sostuvo la mirada unos segundos, firme, dejando claro que no había mucho más que discutir. El sonido constante de la lluvia contra los ventanales llenó el vacío, mientras la decisión quedaba suspendida en el aire y Claudia intentaba asimilar lo que vendría después.
