Ya dentro, casi sin detenerse, volteó el letrero a “Abierto”. El abrigo salió volando directo al perchero y, en su lugar, se colocó el delantal verde del uniforme, agradable al tacto, sostenido por correas de cuero que ya le resultaban familiares. A esas horas rara vez entraba alguien, así que podía darse el lujo de servirse un café con calma y avanzar un par de capítulos del libro que llevaba días leyendo.
A través del aparador, el cielo se veía encapotado y, de cuando en cuando, una llovizna fina manchaba el vidrio. La jornada transcurrió con una quietud extraña, como si la ciudad entera se hubiera vaciado y aquella librería fuera el último rincón habitado. Ni el timbre de la puerta sonó en horas.
El celular vibró sobre el mostrador.
—¿Y qué tal va el trabajo? —aparecía el mensaje de Javier Lara.
Claudia Velázquez puso los ojos en blanco y dejó el teléfono boca abajo. Otra vez empezaba. Todo indicaba que la noche sería larga. Con gesto distraído, hizo girar el anillo de compromiso, la piedra grande reflejando la luz tenue. Cuando Javier amanecía de malas, no soltaba el tema hasta quedarse dormido.
Casi al final del turno, un auto se detuvo frente al local: era el de la dueña. La mujer, fiel a su estilo, vestía un traje sobrio y elegante. Cubriéndose de la lluvia con la mano enguantada, entró apresurada.
—Hola, Claudia, ¿cómo va todo por aquí? —saludó Patricia Mejía, sacudiéndose las gotas mientras cerraba tras de sí.
