«Claro, lo de siempre. Corre al trabajo, señora empresaria» — dijo él con ironía y la dejó herida y furiosa

Es intolerable que todo se desmorone así.
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Sé tú misma

El despertador sonó, puntual como siempre, a las siete en punto. Claudia Velázquez apagó el celular casi sin pensar y se sentó en la orilla de la cama amplia. A su lado, Javier Lara refunfuñó con evidente molestia, murmuró algo ininteligible y se dio la vuelta para volver a hundirse en el sueño. Ella bajó los pies al piso helado y, todavía adormilada, se encaminó hacia el inicio de otro día cualquiera. Ya estaba por salir cuando, en el pasillo, apareció un rostro somnoliento.

—¿Y el desayuno? ¿Mi ama de casa hoy no cocinó? —preguntó Javier, estirándose mientras se envolvía mejor en el edredón tibio.

—Perdóname, amor, no sabía a qué hora ibas a despertar. De verdad tengo que irme, voy tardísimo —respondió ella con prisa.

Claudia se abrochó el abrigo azul claro, lanzó un beso al aire y abrió la puerta.

—Claro, lo de siempre. Corre al trabajo, señora empresaria —soltó él con ironía.

Esa última frase la alcanzó como una pedrada justo cuando bajaba apresurada las escaleras anchas del edificio. Javier siempre usaba ese apodo cuando quería recordarle que su empleo dejaba poco dinero para tanto esfuerzo. Molesta, Claudia se acomodó el cabello castaño detrás de las orejas y atravesó el parque a paso firme rumbo a su trabajo.

La pequeña librería recibió con docilidad la llave en la cerradura y abrió sus puertas sin resistencia. Claudia entró con rapidez, lista para comenzar la jornada, sin saber que en unos minutos el silencio matutino del lugar la envolvería por completo.

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