—Vámonos a casa —susurró Lucía, con la voz hecha un hilito.
Me giré de inmediato y caminé hacia la salida.
—¡Renata! —gritó Javier a mis espaldas—. ¡Sigo siendo tu esposo!
Me detuve justo en el umbral, sin voltear.
—Ya no —respondí con calma helada—. Solo que tú todavía no te has dado cuenta.
Salimos. Acomodé a Lucía en el asiento trasero, encendí el coche y, al intentar meter la llave, me di cuenta de que las manos me temblaban tanto que casi se me cae. Maneje unos metros y entonces, por fin, me quebré. Las lágrimas salieron sin pedir permiso. Lucía no dijo nada; solo estiró su manita y me acarició el hombro, como si fuera ella la adulta.
—Mamá… ¿papá ya no nos quiere?
Tardé en responder. Las palabras pesaban.
—Él… se equivocó muy feo, mi amor —atiné a decirle.
Una hora después el teléfono empezó a sonar. Lo dejé vibrar. Volvió a marcar. Y otra vez. No contesté ninguna llamada.
Dos días más tarde recibí una llamada de Verónica Guerrero.
—Renata, ¿qué está pasando? Javier no me responde. Quedó de venir ayer —dijo, preocupada.
Le conté todo, sin adornos ni suavizantes. Del otro lado de la línea se hizo un silencio largo, espeso.
—Así que eso era… —murmuró al final—. Perdóname, hija. De verdad no lo sabía.
Una semana después, Javier apareció en nuestra puerta. Traía flores, el gesto derrotado, los ojos cansados.
—Ya entendí todo. Voy a dejarla. Dame otra oportunidad —pidió.
Lo observé como a un desconocido. Al hombre que amé durante más de diez años no le quedaba nada reconocible.
—La decisión ya la tomaste tú, Javier —respondí.
Se hincó.
—Por Lucía…
Cerré la puerta sin decir más.
Al mes inicié el trámite del divorcio.
Mónica Vargas desapareció de su vida con la misma rapidez con la que había llegado. Él se quedó solo. Me escribía mensajes, llamaba, aparecía sin avisar. Yo, mientras tanto, aprendía a vivir desde cero.
Había noches en las que no podía dormir, preguntándome en qué momento exacto nos desviamos. Otras veces me sorprendía esperando escuchar sus pasos en el pasillo. A ratos, incluso, deseaba creer que todo podía repararse.
Pero cada mañana veía los dibujos de Lucía pegados en la pared. En ellos ya no aparecía él. Éramos solo nosotras dos, tomadas de la mano, sonriendo de verdad. Y entonces entendía que lo que nos esperaba era una vida completamente distinta.
Pasaron seis meses.
El otoño dio paso al invierno, y luego la primavera se asomó tímida por las ventanas. La vida, despacio pero terca, empezó a acomodarse de otra manera. Yo seguía trabajando en la clínica, aceptando turnos nocturnos, llegando agotada hasta el dolor, pero ahora regresaba a un hogar donde no había expectativas rotas, sino un espacio donde reaprender a respirar.
Lucía cambió mucho en ese tiempo. Se volvió más callada, más observadora, como si hubiera crecido de golpe. Por las noches se sentaba junto a mí en el sillón y apoyaba su cabeza en mi hombro mientras veía caricaturas en silencio. Antes no paraba de hablar. Yo cargaba con la culpa de no haberla protegido del dolor que dejó la traición de su padre.
Comenzamos a ir con una psicóloga infantil. Al principio, Lucía no hablaba; dibujaba casas grises, figuras solas. Hasta que un día se dibujó a sí misma pequeñita y a mí con alas enormes cubriéndola.
—Eres tú, mamita —me dijo muy seria—. Tú me cuidas.
Salí del consultorio y lloré en el pasillo.
Javier seguía apareciendo. Traía regalos, libros, peluches. Lucía los recibía con educación, pero mantenía distancia. A veces él buscaba hablar conmigo a solas.
—Todavía te amo —me decía en voz baja—. Arruiné todo por estúpido. Déjame al menos estar cerca de mi hija.
Nunca le prohibí ver a Lucía. Era su padre, aunque hubiera sido un pésimo esposo. Pero cada visita dejaba un peso difícil de sacudir.
Una noche se quedó más tiempo del habitual. Lucía ya dormía y nosotros estábamos en la cocina.
—Renata —dijo, mirando la mesa—. Mónica estuvo embarazada. Perdió al bebé hace un mes y después se fue definitivamente.
No respondí.
—Ahora sí me quedé solo —añadió.
Lo miré de frente.
—Nunca estuviste solo, Javier. Tenías una familia… y fuiste tú quien decidió perderla.
