«No te fuiste por tu mamá» —dije cargando a Lucía en brazos

Qué cobarde e imperdonable silencio familiar.
Historias

Le decía que pronto, aunque en el fondo ya no estaba tan convencida de esa mentira piadosa.

Una noche, después de una guardia especialmente pesada, se me acabó la paciencia. Marqué de nuevo el número de Javier Contreras. El teléfono sonó largo rato hasta que, del otro lado, contestó una voz femenina que no reconocí.

—¿Bueno?

Sentí cómo se me helaban las manos.

—Disculpe… ¿se encuentra Javier Contreras?

Hubo un breve silencio antes de que respondiera, tranquila, demasiado cómoda:

—Está bañándose. ¿Quién lo busca?

Colgué sin decir nada.

El corazón me latía desbocado, como si quisiera salirse del pecho. Me quedé sentada en la orilla de la cama, con el celular apretado entre los dedos, tratando de entender qué acababa de pasar. Mi cabeza empezó a llenarse de explicaciones forzadas: una cuidadora, una vecina, alguna pariente lejana. Pero el tono de esa mujer, su seguridad, esa calma que no se improvisa… nada sonaba a visita casual.

Media hora después, Javier regresó la llamada.

—Renata, ¿me marcaste? Dejé el celular en otro cuarto.

—¿Quién contestó? —pregunté en voz baja.

—Seguro fue una confusión. Aquí la señal falla mucho.

Hablaba rápido, atropellado, como si quisiera cerrar el tema antes de que yo hiciera otra pregunta. No insistí. Dije que estaba rendida y terminé la llamada.

Esa noche casi no dormí. Las ideas se enredaban, la ansiedad me aplastaba el pecho, pero aun así me aferraba a pensar que debía existir una explicación lógica para todo.

Pasó otra semana. Javier dejó de llamar por completo.

Y entonces tomé una decisión.

Pedí días libres, preparé una mochilita para Lucía Cruz y le dije que iríamos a ver a su abuela. Mi hija se emocionó, no dejó de hablar en todo el camino, imaginando la cara de su papá cuando nos viera llegar sin avisar.

La casa de Verónica Guerrero nos recibió envuelta en un silencio extraño. En el patio había un coche que no conocía. La reja estaba sin seguro. Toqué. Nadie respondió. Empujé la puerta y se abrió despacio.

Fue en ese instante cuando escuché las voces.

—Tú dijiste que ella no vendría —dijo una mujer, molesta.

—No pensé que se lanzaría hasta acá con la niña —respondió Javier—. No lo esperaba.

—¿Y piensas explicarle algo o qué?

Me quedé paralizada. Lucía me apretaba la mano sin entender nada.

—Luego —murmuró él—. Ahorita no. Mi mamá sigue en el cuarto.

—¿Tu mamá? —se burló ella—. Está en un centro de rehabilitación desde hace dos semanas.

Se me nubló la vista.

Abrí la puerta de golpe y entré al recibidor. Javier estaba junto a la mesa de la cocina. A su lado, una mujer alta, morena, de unos treinta y tantos años, vestida con una bata de casa.

Se puso pálido.

—Renata… ¿qué haces aquí?

No contesté. Lucía se pegó a mí.

—¿Papá? —lo llamó con un hilo de voz.

La mujer tomó una toalla del gancho, con una calma casi teatral.

—Así que tú eres —dijo con una sonrisa fría—. ¿Esta es tu famosa “dificultad temporal”?

Javier se agarró la cabeza.

—No es lo que parece…

De pronto, sentí una calma rara, pesada.

—¿Dónde está Verónica Guerrero? —pregunté, firme.

Bajó la mirada.

—En un centro de rehabilitación. Tuvo una recaída, pero ya está estable.

—¿Por qué mentiste?

—Yo… no supe cómo decirlo.

—¿Y ella quién es? —señalé a la mujer.

—Mónica Vargas —respondió ella—. Nos conocemos desde hace un año.

Un año.

No grité. No lloré. Solo cargué a Lucía en brazos.

—No te fuiste por tu mamá —dije—. Te fuiste con ella.

Javier dio un paso hacia mí.

—Renata, espera. Todo es complicado. Me confundí. Tú siempre trabajando, siempre cansada… nos fuimos alejando.

Solté una risa amarga.

—¿Y tu solución fue meterte con otra mujer y desaparecer de la vida de tu hija de siete años?

Mónica cruzó los brazos.

—Él quería decírtelo. Solo no encontraba el momento.

—Claro —respondí despacio—. Muy honorable.

Lucía temblaba aferrada a mí.

—Mamá… ¿nos vamos a casa?

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