Mi esposo se fue para hacerse cargo de su madre, que estaba gravemente enferma. Pasó un mes entero sin llamadas, sin visitas, sin noticias claras. Ya no aguanté más y decidí ir hasta allá con mi hija. Mi intención era darle una sorpresa, pero al llegar a la casa noté que la puerta estaba entreabierta y, sin querer, terminé escuchando una conversación desde adentro…
Me llamo Renata Cortés y trabajo como enfermera en una clínica pública de la ciudad. Mi chamba nunca ha sido sencilla: turnos nocturnos interminables, cansancio acumulado, decisiones que no permiten errores. Aun así, siempre tuve claro por qué hacía ese esfuerzo. Cada vez que regresaba a casa hecha polvo, apenas arrastrando los pies, me recibía la sonrisa luminosa de mi hija de siete años, Lucía Cruz, y con eso bastaba para que el agotamiento se desvaneciera.
—¡Mamá, mira lo que dibujé hoy en el kinder! —me decía emocionada en cuanto cruzaba la puerta, extendiéndome una hoja nueva donde aparecíamos los tres. En todos sus dibujos estábamos juntos, tomados de la mano, felices.
—Está precioso, mi amor, de verdad tienes un talento enorme —le respondía mientras pegaba su obra en la pared de la cocina, junto a las demás. Con el tiempo, ese rincón se convirtió en una especie de exposición permanente de nuestra felicidad.
Javier Contreras no había pisado la casa en un mes. Treinta días de silencio, de ausencia, de no escuchar su voz ni su risa. Mi esposo trabajaba como gerente en una importante aseguradora. Nos conocimos cuando éramos estudiantes, en el primer semestre de la universidad. Desde el inicio me pareció una persona confiable, tranquila. Me enamoraron su manera educada de tratar a los demás, su carácter sereno y esa honestidad poco común. Sabía cortejar: flores, cafés, detalles sencillos pero sinceros. Después de varios años juntos, nuestro matrimonio parecía sólido. Cuando nació Lucía, hicimos todo lo posible por equilibrar trabajo y familia, y más de una vez los vecinos nos ponían como ejemplo.

—Los Cortés sí que son una familia de verdad —alcancé a escuchar en alguna ocasión.
Y lo éramos… o al menos eso creía yo. Cada duda que asomaba la empujaba lejos, convencida de que no tenía fundamento. Hasta que, hace un mes, todo dio un giro abrupto. La noticia cayó como balde de agua fría: la mamá de Javier, Verónica Guerrero, estaba muy delicada de salud. Años atrás había enviudado y vivía sola en su casa, cerca de Izamal, a unas tres horas de camino. Siempre fue una mujer dominante, estricta, de carácter complicado, pero por Javier yo intentaba mantener una relación cordial.
Ese día, Javier se me acercó con el rostro tenso, serio.
—Renata, mi mamá está muy mal. Necesita cuidados constantes. Me voy a quedar con ella una temporada.
Me sorprendió, claro.
—¿Y por qué no me dijiste antes? —pregunté conteniendo la inquietud—. Podríamos ir juntos, contratar a alguien que la ayude, yo puedo pedir vacaciones.
Él bajó la mirada, como si el tapete fuera de pronto muy interesante.
—No hace falta. No será mucho tiempo. Ahorita a mi mamá le cuesta ver gente nueva. Yo me encargo.
Su forma de hablar me dejó inquieta. No fue grosero, pero sí distante, como si de pronto se hubiera levantado una barrera invisible entre nosotros. Aun así, preferí pensar que era la presión del momento. Lo abracé, le di un beso y le prometí marcarle todos los días.
Los primeros días cumplió. Llamaba seguido, aunque breve, casi mecánico. Decía que Verónica estaba débil, que la presión se le descontrolaba, pero que todo iba “más o menos”. Luego las llamadas se espaciaron. Los mensajes se volvieron cortantes. A veces pasaban días sin respuesta; siempre había una excusa: cansancio, mala señal, demasiadas cosas que hacer.
Pasó una semana. Luego otra. Y después la tercera.
Intenté no imaginar escenarios, pero la preocupación fue creciendo en silencio. Lucía empezó a preguntar cada vez más por su papá. Yo sonreía, le acariciaba el cabello y le decía que pronto volvería, aunque por dentro ya no estaba tan segura de esa promesa.
