—¿De Victoria…? —alcanzó a decir Mauricio en un hilo de voz, avanzando hasta el niño que deliraba sobre el colchón, empapado de fiebre.
La mujer respiró hondo antes de responder—Es su nieto, señor. El hijo que ella tuvo y que ustedes nunca quisieron reconocer por puro orgullo. Yo entré a trabajar limpiando sus oficinas solo para mantenerme cerca de usted, esperando juntar valor para decirle todo. Siempre tuve miedo de que me arrebataran al niño. Las urgencias… todo esto pasa porque padece la misma enfermedad que su mamá. No tengo cómo pagar los medicamentos, ni a dónde acudir.
Mauricio Contreras, acostumbrado a mandar sin titubeos, sintió que las fuerzas lo abandonaban. Se dejó caer a un costado del colchón y tomó la manita ardiente del pequeño. Algo profundo, imposible de explicar con números o propiedades, se le apretó en el pecho. En ese instante, el hombre altivo se desmoronó; su arrogancia se escurrió como si nunca hubiera existido.
Esa misma tarde, el Mercedes-Benz negro no volvió vacío a la zona exclusiva. Por instrucciones directas de Mauricio, Leticia Aguilar y el pequeño Emiliano Cruz fueron llevados al hospital más prestigiado de la ciudad, rodeados de médicos y cuidados que nunca antes habían tenido.
Semanas después, el despacho de Mauricio ya no era un sitio helado y distante. Leticia dejó atrás la escoba: ahora estaba al frente de la fundación “Victoria Espinoza”, dedicada a apoyar a niños con enfermedades crónicas, sostenida con los recursos de la familia. Mauricio comprendió, quizá por primera vez, que la riqueza real no se mide en pisos ni en cuentas, sino en los vínculos que uno se atreve a recuperar.
El empresario que acudió solo a cumplir con un trámite terminó hallando a la familia que su soberbia le había ocultado, aprendiendo que, a veces, hay que ensuciarse las manos para encontrar lo más valioso que la vida puede ofrecer.
