Leticia reaccionó por puro reflejo y se le plantó enfrente, tratando de impedirle el paso. No alcanzó a decir nada más cuando un alarido infantil, agudo y desesperado, atravesó el aire como un cuchillo. Mauricio, sin atender la resistencia de ella ni escuchar explicaciones, empujó la puerta y entró.
El lugar estaba impregnado de un olor espeso a frijoles recalentados y a humedad vieja. En un rincón mal iluminado, sobre un colchón vencido por los años, un niño de no más de seis años temblaba bajo una cobija demasiado delgada para el frío que lo sacudía. Sin embargo, no fue esa escena la que dejó a Mauricio sin aliento, sino lo que alcanzó a distinguir sobre la mesa que hacía las veces de comedor.
Entre apuntes médicos gastados y frascos vacíos de medicinas, había una fotografía enmarcada. El rostro era inconfundible: Victoria Espinoza, su hermana, fallecida hacía quince años en un accidente que marcó a toda la familia. Junto al marco reposaba un colgante de oro. Mauricio lo reconoció al instante; era la joya familiar que había desaparecido el mismo día del funeral.
—¿De dónde salió esto? —estalló, tomando el colgante con dedos crispados, incapaces de ocultar el temblor.
Leticia ya no pudo sostenerse. Se dejó caer de rodillas y rompió en un llanto incontenible.
—No lo tomé, se lo juro —sollozó—. Victoria me lo entregó antes de morir. Era más que mi amiga, era mi hermana de vida. Yo fui la enfermera que la atendió en secreto durante sus últimos meses, porque su padre no quería que nadie supiera de su enfermedad. Antes de irse, me pidió que protegiera a su hijo… pero cuando ella murió, su familia me amenazó para que desapareciera y guardara silencio.
Mauricio sintió que el piso se movía bajo sus pies. Volvió la mirada hacia el niño del colchón: los ojos almendrados, la forma delicada de las manos, todo le resultó dolorosamente familiar.
—Entonces… —murmuró, con la voz quebrada— ¿él es el hijo de Victoria Espinoza?
