«Es su nieto, señor. El hijo que ella tuvo y que ustedes nunca quisieron reconocer por puro orgullo» — dijo Leticia entre sollozos

¡Qué soberbia inútil y desgarradoramente absurda!
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Con esa mueca altiva todavía dibujada en el rostro, se sentía listo para “acomodar” la situación. Jamás se le cruzó por la cabeza que, al franquear ese umbral, no solo se sacudiría la rutina de una empleada, sino que su propio mundo se desordenaría sin remedio.

Media hora más tarde, el Mercedes‑Benz negro se arrastraba con dificultad por calles de terracería, sorteando baches llenos de agua, perros flacos echados al sol y chamacos que corrían sin zapatos. Las viviendas, apretadas unas contra otras, eran modestas, con fachadas parchadas de colores deslavados. Más de un vecino se quedó observando el auto como si algo salido de otro planeta hubiera caído en pleno barrio. Mauricio Contreras descendió del vehículo con el traje impecable y el reloj suizo reluciendo. La incomodidad le punzó el orgullo, pero la ocultó enderezando el cuello y avanzando con paso autoritario. Se detuvo frente a una casa azul apagado, de madera cuarteada, donde el número 847 apenas se distinguía.

Golpeó la puerta con los nudillos, seco. Primero no hubo respuesta. Luego se filtraron murmullos infantiles, pasos atropellados y el llanto agudo de un bebé. La hoja se entreabrió con cautela.

Quien apareció no se parecía en nada a la Leticia Aguilar pulcra que él encontraba cada mañana en la oficina. Vestía un mandil manchado, traía el pelo revuelto y unas ojeras profundas que le marcaban el cansancio. Al reconocerlo, se quedó inmóvil, como si el tiempo se hubiera congelado en ese segundo.

—¿Señor Contreras? —preguntó apenas, con la voz temblorosa.

—Vine a averiguar por qué hoy mi despacho no estaba como debe estar, Leticia —respondió él, helado, sin suavizar el tono.

Mauricio dio un paso al frente, decidido a entrar, mientras el ambiente en la entrada se cargaba de una tensión que anunciaba que nada sería sencillo a partir de ese instante.

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